martes, 28 de diciembre de 2010

Torre de naipes





Esperar lo inesperado es, simplemente,
otra forma de esperar.



Mis teorías se derrumban lentamente, una tras otra, como una torre de naipes abatidos contra su voluntad. Aquellas que construyeron de mí un cuadro teñido de indiferencia; con pequeñas pinceladas de incredulidad y sombras de pesimismo.






Con estas cartas evité, a toda costa, jugar una partida de quijotes. Sustituí las figuras tradicionales: no habían tréboles ni diamantes; espadas ni corazones, sólo eran dos: "No creer", “No esperar”.






Quise repartir mis naipes por el mundo; hacerles jugar a todos este juego hasta abatir cada esperanza, pero mis propias jugadas contradecían las normas de cada partida. “Si no crees ni esperas nada, jamás te decepcionarás”, era la única regla, y fui incapaz de cumplirla. Porque vivo creyendo; vivo esperando.






Vivo creyendo que, quizás, hay algo más que una simple reacción química que se activa con sólo pensarte. Vivo creyendo en mi propio concepto de destino. Vivo creyendo que aun estando en un lugar desierto, no estoy sola. Vivo creyendo en la amistad. Vivo creyendo en supersticiones. Vivo creyendo a mi modo.






Vivo esperando encontrar en el silencio las respuestas a mis preguntas. Vivo esperando ese “no-sé-qué” que le de un giro de 180 grados a mi vida. Vivo esperando que estés allí cuando quiero. Vivo esperando lo inesperado, que de tanto pensarlo, se vuelve anhelado. Vivo esperando el día en que la realidad no tenga contrincante, que la expectativa no lo arruine todo una vez más.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Rescate

Si no fuera por la música,
habría más razones para volverse loco.
Piotr Ilich Tchaikovski.


No importa donde esté, ni cómo me sienta.

Sé que tú siempre vendrás a rescatarme

de este hoyo abarrotado de retratos desalentadores

y me mostrarás a luz.

Te amo, Música.



 

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Historia de un asalto


Hoy fui asaltada por una historia.

Aunque parecía inofensiva, apuntó mi cabeza y me dio sólo una orden: ¡escribe!

Pero mi musa, mi compañera, huyó atemorizada y me dejó desarmada.





Dedicado a aquellas  historias que murieron antes de nacer.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Silencio que aturde

(Entre las opciones de publicar y no publicar ya saben cuál ganó. Esto resultó de un ejercicio de mi clase de Taller Redacción I del día 12-11-2010).



Vivir atormentado de sentido,

creo que esta sí es la parte más pesada. Fito Páez.





Blanco, gris, negro y rosa pálido: la melancolía hecha colores; matices que representan tu interior.

Tu andar es apresurado, tanto, que sólo se puede vislumbrar la estela que dejas al caminar. Tu mirada es distante, siempre fija en el horizonte o en el suelo, pero nunca en otros ojos, como si fuera pecado.


Un gran cúmulo de ideas revolotea en tu cerebro como una bandada de aves atrapadas en una cueva sin salida. Tus pensamientos son equiparables con la espesa masa de una sustancia heterogénea que no puede salir de un frasco. Tanto ruido interior deriva en silencio, ese que te atormenta día y noche.

 

La desconfianza es tu escudo, ¿tu mayor virtud o tu mayor defecto? La vida te ha enseñado a no confiar ciegamente en lo que otros dicen; todo lo cuestionas. La duda es tu protección, y eso puede resultar extraño ante los ojos de aquel foráneo que no ha explorado tus tierras.

 

La música es tu fiel compañera. Siempre buscas refugio en aquella hermosa sucesión de melodías que expresa todo aquello que has callado. Ella siempre estará allí para ti, incluso cuando todos se hayan esfumado.

 

Tu rostro es tu peor enemigo. Tu mirada le expone al mundo todo aquello que pretendes ocultar, aunque tus labios estén sellados. Por eso siempre mantendrás tu mirada distante y tu caminar apresurado, para evitar que nadie se sumerja en tus ojos; y la música tan alta que no te permita escuchar el sonido de las aves que revolotean dispersamente en tu interior.
 

sábado, 6 de noviembre de 2010

Mañana


Mañana le presentaré a mi piel la radiante luz del sol; a mis oídos, el plácido canto de los pájaros; a mis ojos, la muerte sublime del atardecer.

Mañana disfrutaré del apacible sonido del mar y del aroma a pasto húmedo; del vivo azul del cielo y de las excéntricas figuras de las nubes dibujadas en el lienzo infinito.

Mañana despediré al silencio de mi vida, le daré voz a mis pensamientos; emancipación a mis emociones.


Mañana no me importará lo que pienses, me quitaré el incómodo abrigo elaborado con finos tejidos de excusas y compromisos. Me reconciliaré con el tiempo; me dedicaré a vivir.

Mañana pensaré de forma coherente; me olvidaré de tu nombre, dejaré de invocarte con mis pensamientos, suprimiré tu imagen de mi memoria.

Mañana organizaré mi vida; empezaré a comer sano, aprenderé otro idioma, incursionaré en un deporte. Leeré ese libro que compré hace un año. Encontraré un tiempo para renacer.

Mañana tendré fe en la existencia del “mañana”.



sábado, 30 de octubre de 2010

Acta de independencia; declaración de cobardía

Era una noche fría y brillante cuando decidí darte vida. La luna radiante anclada en mi ventana fue testigo de tu creación. La espesa neblina se arremolinaba en los alrededores de mi casa. Un exquisito olor a té de menta impregnaba mi habitación.


Tu imagen comenzó a formarse y deslizarse con suavidad por cada rincón de mi cerebro. Te posaste en mi sistema límbico y tocaste mis emociones. En un rápido recorrido llegaste hasta mis dedos, que en complicidad con el grafito te dieron forma y libertad; pero tú querías más.


Sin piedad, mi espíritu represor te encarceló dentro de cuatro paredes de madera llenas de viejos escritos por un tiempo indefinido.


A los pocos días decidí buscarte. Sabía bien que mi egoísmo había ganado, no merecías estar allí. Conseguí las llaves para darte la independencia que tanto habías deseado. Pero ya era tarde, decidiste alejarte.


Ayer, mientras recorría el largo pasillo lleno rostros, música y libros, te encontré. Llevabas en tus manos una obra de Simmel y otra de Sartre. Avistaste, con sorpresa, mi presencia. Tus minúsculos ojos de ébano se posaron en los míos por diez segundos infinitos. Una sonrisa tímida se dibujó en tu rostro; tus pies daban indecisos pasos hacia mí. Sentí frío, mucho frío y un enorme hoyo en el abdomen. Bajé la mirada y tomé otra dirección. Huí, literalmente.

 
Por no admitir mi cobardía decidí hacerme creer que nuestro encuentro nunca se dio, que fue una mala jugada de mi imaginación. Te dejé el camino libre, sin negociación. Después de todo, tú querías libertad.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

"Juego de grandes"




—¿Quieres jugar, Luis?





Esa fue la cándida propuesta con la que todo comenzó.



Eran las 12:30 am y Carlitos seguía despierto. Las enormes gotas de lluvia estallaban sobre el techo de zinc, y su estruendoso sonido no le permitía conciliar el sueño. El agua se deslizaba por las paredes, el suelo de cemento estaba lleno de pequeños envases que recogían el líquido vital que caía de los agujeros. La soledad y el miedo fueron sus fieles acompañantes durante toda la noche.


A la 1:15 de la madrugada llegó a la casa el padre de Carlos, empapado de la cabeza a los pies, tambaleándose e impregnando el hogar con su olor a licor barato. Lo acompañaba Ramón, un compañero de trabajo de la Policía, quien se encontraba en el mismo estado, y llevaba en su mano izquierda pequeños trozos de pitillos cortados, con una sustancia blanca en su interior y que Carlitos no logró divisar.


—¿Entonces, Juan? ¡Saca la vaina, pues! —dijo Ramón, estruendosamente.



—Ya va, pero ¿es en serio? —dudó Juan.


—¿Te vas a poner cobarde ahora? —le dijo Ramón, dándole una fuerte palmada a Juan en la espalda. — ¡Búscala!

 
—Coño, no sé… —contestó, mientras se secaba el sudor del rostro con la palma de la mano y miraba a los lados, como si tratara escapar.


—¡Le damos cuatro partidas nada más, pues! Yo comienzo y tú me sigues.



El misterioso juego comenzó. Ni el estruendoso sonido de la lluvia, ni las gotas de agua que salpicaban en sus rostros pudieron alterar su concentración. Ramón inició la partida, Juan le siguió, y así continuaron, hasta completar las cuatro rondas previstas.


Ninguno de los dos se había percatado de que Carlitos los observaba desde la habitación, en silencio. La partida culminó y, al parecer, ninguno de los jugadores resultó vencedor.


Durante la mañana siguiente la lluvia no cesó. Su padre partió temprano, así que Carlitos se encontró solo nuevamente. El niño despertó dispuesto a aprender cómo se ganaba en el misterioso juego que presenció el día anterior, así que revisó las gavetas de su padre, se colocó un impermeable y luego fue hacia la entrada del barrio, el lugar más frecuentado por sus amigos. Al llegar se encontró a Luis, su vecino y compañero de juegos.




¿Quieres jugar, Luis? —dijo Carlitos, con entusiasmo.

Luis asintió repetidamente con la cabeza, se sentía feliz de aprender un nuevo juego.


—Escucha, sólo serán 4 partidas, yo comienzo y tú me sigues. —dijo Juan, repitiendo exactamente lo que había oído la noche anterior.

 
Tal como lo habían planeado, Carlitos fue el encargado de iniciar la ronda, mientras imitaba los gestos de su padre y fingía concentración, cual experto; pero nada ocurrió.


Llegó el turno de Luis quien, igual que Carlitos, tampoco sabía cuál era la finalidad del juego. El pequeño se detuvo unos minutos antes de jugar, como si intentara atender a aquella voz interna de alerta que a todo niño se le dificulta escuchar, pero sólo reinó el silencio interior. Así que, sin meditarlo más, colocó torpemente el “juguete” en su frente, a la altura de sus despobladas cejas. Cerró los ojos, y apretó el gatillo.


Las aves conquistaron el cielo en busca de refugio; estimuladas por la fuerte detonación, volaron despavoridas, pero sincronizas, lejos del lugar. Se escucharon potentes truenos, las alarmas se encendieron, se oyeron gritos a lo lejos. Los rostros amontonados de los vecinos del barrio rodearon la zona de juego mientras observaban la escena, atónitos. De un lado yacía el cuerpo inerte y diminuto de Luis, cubierto de sangre pura que la lluvia se encargó de esparcir por las interminables escaleras; y del otro Carlitos, inmóvil, sin color en el rostro, sin decir palabra alguna, mientras reconstruía la imagen predecesora en su cabeza una y otra vez, con misma rapidez con la que latía su corazón; escuchando sonidos distantes que no lograba decodificar, sin comprender lo que había sucedido y, sobre todo, deseando no haber conocido nunca el amargo sabor de la victoria en ese “juego de grandes” .








Eileen.




martes, 31 de agosto de 2010

Temer es de humanos

 No afrontar los temores es de tontos...



Si hay algo que siempre he evitado es a hablar de mí, de hecho, recuerdo que cuando en las clases de Castellano debía escribir en primera persona -aunque fuera sobre algo irreal- me costaba muchísimo, simplemente me quedaba en blanco, pero creo que de una u otra forma lo he ido superando poco a poco.
 
En esta oportunidad, voy a escribir sobre un montón de ideas que han estado merodeando en mis pensamientos y que muchas veces me impidieron actuar y han obstaculizado mis metas: el temor. Sinceramente, a veces me gustaría saber a qué no le temo.

En primer lugar, debo aceptar que le temo al futuro, como también el pasado, pues de las decisiones que haya tomado anteriormente depende lo que seré o dejaré de ser en un futuro. Le temo a no ser lo suficientemente buena en la carrera que elegí para mí. Le temo a esa gruesa barrera invisible que he ido construyendo con los años como mecanismo de defensa, y que cada vez se hace más gruesa. Le temo a la timidez, al pesimismo, a soñar demasiado y perderme de la realidad, y mucho más me atemoriza aterrizar. Le temo a la muerte, a pasar inadvertida, sin dejar un rastro en el camino, a dejar de creer. Les temo a las arañas, a hablar en público y a mi súper-yo, director de mi vida.


Dejando de lado el egoísmo, le temo a que la parcialidad política termine sumiendo a mi país en el vacío, por culpa de esta guerra guiada por el fanatismo. Le temo a que todas nuestras neuronas se quemen, y el poquito de pensamiento crítico que nos queda se extinga y sólo repitamos lo que diga “Mr. TV”, como lo llamaría Eduardo Liendo. (Indiferentemente del color del canal).


Te advierto: posiblemente esta sea la última vez que leerás la palabra “política” en mi Blog.

Pero debo confesar que lo que más me aterra, es que el temor gane la partida y dirija mi vida. Tal vez escribirlo, sea el primer paso para restarle espacio en mis pensamientos, tal vez no, pero es mejor hacerlo que decir: “quise hacerlo, pero el miedo me detuvo”.



¿Demasiada sinceridad? Lo siento, este es mi blog…


domingo, 29 de agosto de 2010

Por eso te odio...



       
          Jueves, 12:25 del mediodía. Allí estabas como siempre, en el mismo cafetín donde te vi por primera vez, ese que visitas cada jueves al salir de clases. Leías con mucho esmero un voluminoso libro, cuyo nombre no logré distinguir, mientras saboreabas una taza de café. Usabas una camisa blanca, jeans rotos y unos zapatos Converse ☆ clásicos desgastados; tu cabello estaba alborotado, como de costumbre. El sol resplandeciente te servía de reflector, pues me advirtió de tu presencia mientras iluminaba tu silueta, aquella silueta exótica que tanto aborrecía.



           Lo único que transcurría por mis pensamientos en ese momento era todo lo que odiaba y aún odio de ti: odio tu mirada firme y dominante, siempre dirigida hacia el frente, odio tu apresurado caminar, odio tu aura de intelectual. Odio tus mejillas, siempre ruborizadas. Odio tu sonrisa perfecta y radiante. Odio tu extraña belleza, tus ojos color café, que brillan desde lejos. Odio tus anteojos de montura negra, tus pantalones rasgados, tus zapatos desgastados, tu cabello alborotado y el diminuto tatuaje de átomo que llevas en la espalda, que te hacen romper cualquier molde. Odio cuando pasas junto a mí, en silencio, sin mirar a los lados. Y sobre todo, me odio a mí, por nunca haberte hablado.


jueves, 19 de agosto de 2010

Me reiré...



La última vez que puse en orden mi habitación, encontré en una de las gavetas un par de historias que, según mis esperanzados pensamientos, estaban listas para convertirse en exitosas obras de teatro. No recuerdo en qué año las escribí, creo que estaba en 7mo grado. Apenas comencé a leerlas, me causaron mucha gracia. Me transporté en un santiamén al momento en que decidí darles vida a aquellos personajes de papel y pensaba que eran mis mejores trabajos. Recuerdo que lo escribí sólo por pasatiempo. La trama estaba medianamente bien, pero cometí uno que otro error ortográfico y de redacción. A pesar de todo, es lindo encontrar cosas escritas por nosotros en años anteriores, eso nos da la oportunidad de reconocer nuestras habilidades y fallas; como también de trasladarnos en el tiempo; sonreír, llorar y recordar vivencias pasadas.

Así como me pasa ahora, sé que dentro de unos años, cuando tenga oportunidad de ver mis viejas publicaciones (que por el momento son nuevas), me reiré, me auto-corregiré, diré: “no, esto no va aquí”; recapacitaré: ¿en qué rayos estaba pensando cuando escribí eso? Tal vez estaré orgullosa de algunas de ellas (eso espero).

Esa es una de las tantas razones por las que me gusta tener mi propio espacio para escribir; siento que es una escuela donde yo soy la alumna y también la profesora, y lo que más me agrada, es que mis seres queridos desempeñan, ocasionalmente, el rol de maestros, pues las críticas constructivas también nos ayudan a ser mejores.

Hace poco leí que “la única forma de aprender a nadar, es nadando”. Por lo tanto, la única forma de aprender a escribir es escribiendo. Por el momento, seguiré redactando todo lo que se me ocurra; sé que en el futuro me hará reír, pero también me concederá experiencia. ¡Gracias a todos lo que me han acompañado y me acompañarán en este recorrido!

sábado, 14 de agosto de 2010

¿No es la canción más linda que has escuchado en tu vida?

Esta canción la escucho todos los días, creo que tú también (quieras o no). No la colocaré completa, sólo escribiré las frases más lindas... Sé que te llegarán al corazón, igual que a mí. Ahí te va:




Yo tengo una gata que le gusta el castigo... Ella se vuelve loca cuando le meto agresivo... Cuando la cojo por el pelo la pego por la pared y le digo… Que la voy a mandar pa’ intensivos....



Lindo ¿no? Sigamos...


Le fascina que en la cama la machuque con el bate... Le gusta que la maltraten y en soga la empape....Que la amarre y la desbarate… Le encanta que me ponga como un animal, que le tape los ojos y la comience a torturar


¡Claro! ¿a quién no le gusta que la traten así?


Solos en mi sala con el juguete, hago que se encaje con un perreo salvaje.


¡Qué bello! ¿Verdad?


Me encanta cuando ella se lo babea y se lo ... como si fuera jalea. Dos piernas pa’ arriba y encima y de ladito yo dándote feel.... Hey, hey ma’ yo te rompo toda. Sabes que tú eres mi súper campeona....

Ya pues, STOP....

Sí, estoy segura de que esto NO era lo que esperabas leer de mí, pero llegó el punto en que ya no puedo soportarlo más. Cada vez que salgo de mi casa, esa es una de las primeras canciones que tengo que escuchar; como estoy consciente de que no ganaría absolutamente nada al armar un “berrinche” como doña en la calle, entonces utilizo mi blog para expresarme, es lo único que me queda.


La sociedad está en constante cambio, es cierto, las normativas se van flexibilizando, y al parecer el pudor y la mesura están perdiendo su significado (¡Uy, qué doña soy!). Mi reprobación va más allá de que se evoque a la sexualidad (¡Oh, tabú!) Lo que no tolero es la manera en que se hace. Desde mi punto de vista, este tipo de canciones no dejan ningún legado positivo. ¿Qué podemos aprender de eso?: ¿que la violencia es sexy?, ¿que el maltrato está de moda?


En fin, no tengo planeado extenderme más porque considero que las frases previas lo dicen todo. Esta molestia va más allá del género; no es por el reggaeton, no, (así que no te sorprendas si me ves escuchando Rakim y Ken-Y o algo así) el problema está en el contenido. Antes de bailarlo y corearlo, piensa bien en el mensaje que te están transmitiendo. Por favor, demuestra que no estamos en una sociedad de brutos, ciegos, sordos y mudos.
¡Esa es la actitud!



miércoles, 11 de agosto de 2010

Te lo dije, Maite, te lo dije...




Camino a diario por este largo pasillo cuyas paredes níveas están permanentemente vestidas de gala: los cuadros son los ornamentos que engalanan su blanquecina apariencia, para el deleite del público sediento de arte.

Colores, luces, texturas, sentimientos, sensaciones y abstracciones colman el lugar... Piezas vienen, piezas van, pero "Maite"… "Maite" es especial; abstracta, indefinida, extravagante y a la vez sencilla: única. Intentaré reproducir la reacción que mi querida “Maite” genera en el público de la manera más fidedigna que me sea posible: los espectadores entran a la galería, echan un vistazo a su alrededor y se acercan a ella, se detienen por 1, 2, 3, 4, 5…10…15 segundos… Resaltan las líneas de expresión facial: las cejas se unen, el ceño se frunce y siguen su camino hacia las próximas piezas; vistosas, coloridas, seductoras y de menor de complejidad. Una sonrisa placentera se posa en sus labios y se marchan de la galería acompañados de algún diseño simple, pero atrayente ; mientras “Maite” sigue allí, inmóvil:
su complejidad fue su condena.

Desde hace unos meses he notado la recurrente presencia de ese joven, veinteañero, de piel canela, cabello largo y negro azabache, exóticamente ondulado y recogido por una cola. Viene todos los martes por la tarde y explora el ornamentado pasillo de una esquina a la otra con su pausado y desorientado caminar y sus aires de intelectual.

—¿En qué puedo ayudarle? —le dije.
—Gracias, sólo estoy mirando —me contestó con una cordial sonrisa.


Así era, y no sólo miraba… examinaba, indagaba, y degustaba las obras una por una, como un experimentado catador, en búsqueda de un sorbo de glorioso vino. Recorría el lugar, quizá por el simple placer de observar, quizá por no haber hallado aún lo que buscaba. Al parecer, el examinador no había encontrado su pieza ideal, su vino perfecto.

Recuerdo que en sus primeras visitas, al igual que los demás espectadores, ese chico observaba a "Maite" por unos 15 segundos y luego se dirigía con expresión de confusión a mirar las piezas vecinas. Pasados los días, los segundos se duplicaban. Con los meses, los minutos dedicados a ella se iban prolongando poco a poco.

Así pasaron las semanas y el chico de cabello largo regresaba cada martes a esta galería, solamente con la intención de observar…

—¿En qué puedo ayudarle, joven? —le dije, esperando la acostumbrada respuesta.
—La quiero…

Unos minutos más tarde, salió por esa puerta con su andar errante, una sonrisa gloriosa en el rostro y Maite en sus brazos. Al fin encontró su vino perfecto y había pasado muchas veces frente a él, pero fue degustando poco a poco su sabor, explorándolo, conociéndolo un poco más cada martes.

¿Viste, Maite? Te dije que con el tiempo alguien lograría comprenderte, como lo mereces…
murmuré, con esa vacilación entre alegría y pesar, mientras ella se alejaba, para siempre…

domingo, 8 de agosto de 2010

Los malos son los demás...


Esta mañana, en la parada de autobuses del cálido pueblo de Chuspa, se sentó a mi lado un señor de unos 68 años de edad; llevaba un sombrero crema, camisa beige, pantalones de poliéster gris oscuro y unos anteojos de color bronce. Era un don de esos a que van repartiendo consejos a los jóvenes para que hagan bien, sin mirar a quién, ustedes saben de lo que hablo...

El veterano comentaba que Chuspa era uno de los mejores pueblos del estado Vargas, que allí la gente era muy humilde, atenta y honesta; a diferencia del pueblo donde él vive (casualmente, es el mismo en el que yo vivo, pero eso lo descubrimos más adelante). Comentaba que en nuestro pueblo “no hay nada”, no hay cultura y la gente es muy egoísta e individualista, cada quien busca su propio beneficio.

El señor comenzó a hacerme preguntas, como si se tratara de una entrevista de trabajo, y se sorprendió al saber que no sólo coincidimos en que ambos vivimos en el mismo pueblo, sino que él también fue afortunado en cruzar diariamente los pasillos de la grandiosa Universidad Central de Venezuela. Luego de unos minutos de conversar, el abuelo me aconsejó, que cuando me graduara, no me quedara aquí, que buscara otro rumbo y saliera de mi pueblo porque no hay nada que hacer por él; ¿acaso eso no es ser egoísta?

Los malos son los demás. Siempre oímos frases como: “es que la gente no sabe valorar lo que tiene”, "la gente es muy egoísta", “por eso es que hay que cuidarse de la gente”, “¡qué va! Los amigos no existen.”, “el mundo está lleno de gente mala, ¿sabe?” Y pare de contar… Pero, después de todo, ¿quién es esa gente?
NOSOTROS.

Todos tenemos un lado bueno y uno… “no tan bueno”; todos tenemos defectos y cometemos errores, pero el peor error es no aceptar que tenemos fallas, porque si no nos damos cuenta, ¿cómo cambiaremos? ¿Cómo echamos pa’ lante?

A través de los tiempos, nos hemos encargado de reproducir el juego de echarle la culpa a otros de todos nuestros infortunios. Y esto no sólo lo vemos y oímos en conversaciones cotidianas, sino también en la historia, en la política, en la economía, en todos lados. Créanme, si cada uno de nosotros comenzara por aceptar sus errores, e intentara corregirlos, el mundo sería un lugar mejor
(No podía falta una frase rosa, lo siento). ¡Pero, qué va! Los malos son los demás, ¿y nosotros? ¡Somos, perfectos, por supuesto!

viernes, 23 de julio de 2010

¿Podremos salir de Matrix?

No tenía pensado sentarme frente a la computadora a esta hora, en especial porque debo levantarme muy temprano, pero hay algo que me obliga a hacerlo....

Confieso que HOY fue la primera vez que vi la primera película de la trilogía de Matrix. Sí, sí, sé que fue un “boom” en el año 1999, todos comentaban sobre ella, sobre todo de sus efectos especiales, pero nunca me había interesado verla porque, sencillamente, la ciencia ficción no es lo mío. Ver a un personaje con súper-poderes, que vuele, que pueda esquivar miles de balas: me da igual. Pero hoy hice una excepción, porque no puedo decir “no me gusta” si ni siquiera la he visto, ¿cierto?

Después de verla, mantengo mi posición. La ciencia ficción no me interesa, pero el mensaje de la película es definitivamente para ponerte a reflexionar hasta volverte loco. Para situarnos un poco, si alguno de los que me lee no ha visto ninguna de las películas de esta trilogía (aunque, creo que es poco probable); Matrix es una especie de programa utilizado por la inteligencia artificial para esclavizar las mentes de los seres humanos, y mantenerlos engañados, siguiendo sus reglas al pie de la letra. Matrix nos muestra cómo el Sistema Social nos mantiene ciegos, alienados, encerrados en un mundo de fantasía del que no podemos salir, simplemente no queremos ver más allá.

Muchas veces nos hemos sentido como “Neo” (el protagonista de la historia) quien, motivado por la inquietud, desea conocer cómo es el Mundo Real, ese donde pueda pensar por sí mismo, sin ataduras, por eso escoge conocer la verdad y dejar la vida ilusoria que antes tenía, por eso se va a vivir a una nave espacial en la ciudad de "Zion" con las pocas personas que no pudieron ser manipuladas por Matrix.

Al terminar la película, me puse a pensar cómo sería si no tuviera tantos efectos especiales e imágenes violentas. Considero que el mensaje hubiese llegado a los receptores de forma mucho más clara; sin embargo, la industria sabe perfectamente que a las personas les encanta decir: “¡wow, tremendos efectos!”. Así que fueron muy inteligentes, después de todo, eso fue lo que la hizo taquillera, ¿o no?

En un artículo que encontré en Internet, indican que esta película tiene tres niveles de lectura: la de los videojuegos, la comparación con nuestra sociedad actual y una reflexión sobre la cultura de masas. ¡Hurra por los que no se quedan sólo en el primer nivel! Lo más difícil es que, por más que reflexionemos, nunca podremos salir de “Matrix”, siempre seremos esclavos del sistema contra nuestra voluntad.

Que quede claro que no pretendo descubrir el agua tibia, ni mucho menos, simplemente no podía callarme y olvidar todo lo que sentí al ver esta película. Quisiera escribir mucho más, pero ya son casi las 2 de la mañana, hora de dormir. ¡Buenas Noches!.

Reflexión final: "No he venido para decirte cómo acabará todo esto. Al contrario, he venido a decirte cómo va a comenzar. Voy a colgar el teléfono y luego voy a enseñarles a todos lo que ustedes no quieren que vean. Les enseñaré un mundo sin ustedes. Un mundo sin reglas y sin controles, sin límites ni fronteras. Un mundo donde cualquier cosa sea posible. Lo que hagamos después es una decisión que dejo en sus manos". Neo

jueves, 22 de julio de 2010

Teatro de Marionetas


Todas habitan en este gran salón, todas están encaminadas hacia una misma dirección. Hablan de lo mismo, visten un uniforme en que sólo puede distinguirse uno que otro detalle y se mueven de manera casi idéntica, excepto en las funciones especiales, porque para ser especial no se puede actuar como una más del montón. Cada uno de sus movimientos está regido por largos hilos que dirigen sus acciones, ellos le indican la orientación correcta, esa que las hará lucir bien y las alejará de la condena. Pero en el fondo, la originalidad y la independencia es el sueño inalcanzable de toda marioneta.

Yo sólo soy un espectador que viene diariamente a este teatro. A veces me pongo a meditar cómo sería la función si su elenco tuviera vida propia: realizarían una obra al estilo libre, sin libretos, sin pre-producción, sin ataduras. ¡Sería Magnifico! ... Los primeros minutos. Al pasar las horas no sabrían qué decir, no podrían entenderse, posiblemente se descuartizarían unas a otras… Un montón de pabilos por aquí, un trozo de madera por allá, y un pedazo de trapos más acá.... Ya no existiría un titiritero que dicte qué está bien y qué está mal. Pero eso no pasará, después de todo, las marionetas fueron fabricadas sin cerebro con una finalidad: Orden.

martes, 20 de julio de 2010

Recurrente Travesía

Otro día, otra nueva travesía. Fue una jornada de trabajo muy dura; ya no aguantaba las piernas ni el dolor de cabeza. Miré mi reloj, eran las 11:20 PM., ¡lo menos que me faltaba era que cerraran el Metro! Así que corrí —literalmente— por esas oscuras y desoladas calles hasta la estación más cercana. Por suerte, llegué a tiempo.

Dentro del vagón habían unas quince personas, algunas de ellas dormían; yo pensé hacer lo mismo, pues estaba muy cansada; pero debo decir que no pude evitar la presencia de ese hombre misterioso que acababa de entrar, sentía que ya lo había visto en algún lugar. Era alto, de cabello corto y castaño, con un atuendo elegante: una camisa de gabardina azul cielo, pantalón y zapatos negros de vestir y un maletín del mismo color. Debía tener unos treinta y dos años. Era inevitable dejar de ver sus ojos color café; él también me observaba fijamente. Caminó lentamente y, sin dejar de prestarme atención, se sentó a mi lado. Me dedicó una tierna mirada, como si pidiese aprobación y tomó mi mano, yo lo permití sin poner resistencia; (¿qué rayos pasaba conmigo?) me susurró unas palabras al oído y no supe más de mí…

Cuando desperté ya estaba allí, en esa pocilga, ¡quién sabe desde cuando! Mis manos estaban atadas, mis piernas y ojos vendados. Sentía dolor en los nudillos y podía percibir el ardor de las heridas en mis rodillas; distinguía cómo la sangre corría por mis labios.

Con mi escasa capacidad motora en ese momento, mis manos palparon el suelo frío, áspero y lleno de polvo. Oía mucho ruido, el peor de todos: el silencio. No podía ver nada, mi sentido visual funcionaba igual que un canal de TV sin señal. Pero sí sentía… sentía cómo el miedo se apoderaba de mí, lo que me motivó a gritar. Grité con todas mis fuerzas al vacío hasta que no pude más.

Pasados unos minutos, percibí el sonido de unos zapatos, un olor a tabaco y calor corporal. Sentí su respiración agitada cerca de mí, sus dedos rozaban mi rostro. Intenté mantener la calma, pero el pánico ganó la partida. Volví a gritar por auxilio, pero sólo pude escuchar como respuesta un ruido estridente. De pronto, me olvidé del dolor, ya mis ojos no estaban vendados, mis piernas se reencontraron con la libertad.

Con los ojos aún cerrados extendí mi brazo y con torpeza tomé mi reloj que no paraba de sonar. Ya era hora de despertar de esa desesperante y recurrente pesadilla.



jueves, 15 de julio de 2010

Inesperada lección de vida

—¿Hola, gorda, ¿cómo estás? —me saluda, como siempre.
—Bien, aquí, ¿tú como andas?
—Chévere, ¿dónde estás, qué haces?
—Nada, en la compu. ¿Y tú? —contesto, mecánicamente.
—Aquí... cansado... trabajando... —responde. En su voz se evidencia el cansancio.
—Mmm... ta’ bien. —le digo, sin nada interesante que agregar...
...Típico silencio incómodo...1,2,3 segundos...
—Bueno... te llamo ahora.
—OK, ¡bendición!
—Dios te bendiga, mami.
Fin de la llamada.

Exactamente así es una típica conversación telefónica entre mi papá y yo; por no decir que se restringen a un “hola” y “adiós” (espero que eso nunca pase). Siempre he sido más unida a mi mamá.

Yo no quiero a escribir aquí lo que hablo o dejo de hablar con él. No. Mi intención es resaltar el poco interés que -a veces- muestro cuando me comenta sobre su trabajo.


Ayer todo fue diferente, al menos para mí. Creo que es la primera vez —en mucho tiempo— que una llamada de mi papá me pone a reflexionar tanto, ¿saben? Él en este momento está de vacaciones, y me comentaba que tenía menos presión porque muchas veces se le dificultaba llegar temprano y, al arribar a su trabajo, se deben hacer formaciones
(sí, así como los niños en la escuela) por eso es indispensable estar allí a tiempo; yo sólo me limité a decir: “¿en serio?, ¡qué fastidio!”. Ante este comentario, mi papá contestó: “Si cometes un error en un trabajo normal, lo peor que puede pasar es que te boten o te suspendan; pero si un policía comete un error se jode: mínimo va preso o lo matan, por eso hace falta disciplina”.

Créanme que en ese momento sentí un vacío en el estómago, era lo que menos quería imaginar. Me sentí como en una escena de película donde el padre le da una lección a su hijo de 5 años; porque para mí fue una lección de vida, y yo me sentí pequeña, indiferente.

Siempre he pensado, y aún lo sostengo, que las armas son INNECESARIAS; de hecho, me encantaría vivir en un mundo donde estos artilugios no existieran y, por ende, tampoco la delincuencia.
(Sí, qué ilusa, ¡lo sé!). Tal vez este precepto de vida es lo que me ha orientado a sustraerle –inconscientemente- importancia a las profesiones donde las armas son fundamentales pero, éste mismo, es el que no me ha permitido valorar como se debe a estos hombres y mujeres valientes (que no usen su "autoridad" con intenciones perjudiciales, claro está) que arriesgan su vida por salvaguardar la nuestra. Aún así, hemos catalogado esta profesión a través de los años como indigna o simplemente NORMAL, si eres apátic@, como yo.

miércoles, 14 de julio de 2010

¿Fanática... yo?


No vendes tus ojos, busca el equilibrio...





Siempre lo he pensado: odio los extremos. Por más que lo pienso, lo analizo, intento sobrellevarlo; pero no puedo, es algo que no se me da... ¿es tan extraño no tolerar a los extremistas? A veces siento que me contradigo, no lo sé.

Hay personas que pasan toda su vida idiotizados, cegados por una ideología o tendencia que defienden a capa y espada y muchas veces no comprenden su significado real. Estos extremismos -generalmente de tipo político y religioso y últimamente deportivo-, dan lugar a discordias entre desconocidos, amigos y familiares. Mientras tanto, yo me sigo preguntando: ¿de qué sirven? Si lo que pretenden es crear más división, ¡dieron en el clavo! Lo que más me incomoda de estas situaciones es que los fanáticos permanecen con una venda en los ojos que no les permite ver más allá de su realidad subjetiva, por eso siempre intento ver las dos caras de una moneda; los pros y los contra de una misma situación; sus cualidades, fallas y, sobre todo, su porqué..

Lamentablemente, nuestro país se ha convertido en la sede principal de la parcialidad. Ya estoy cansada de frases despectivas de opositores a chavistas –y viceversa-; de vinotintos a “pasteleros” (qué bueno que ya acabó el mundial); rockeros a reggaetoneros (aunque no se encuentre dentro de los patrones de una "ideología"); “cristianos" a “ateos”, y pare de contar... Si leemos a Amos Oz (2003, p: 26) nos dirá que “la esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar”. ¿No tolerar a los intolerantes y desear con todas mis fuerzas que cambien me hace fanática?

Antes de culminar, debo decir que “La Ola” (Die Welle) es una de las películas que refleja con mayor fidelidad lo que intenté expresar aquí. En ella se refleja perfectamente por qué se me hace imposible tolerar tantos fervores desmedidos, pues nos muestra, a través de simbolismos, cómo actúan las ideologías en la sociedad y las peligrosas consecuencias que pueden acarrear. Se las recomiendo en un 100%


Cabe destacar que, desde mi punto de vista, no está mal defender una ideología, siempre y cuando se respeten los pensamientos disímiles. Queda de parte de nosotros tomar conciencia sobre el riesgo que se corre de caer en el fanatismo e intolerancia.

Tenía que escribirlo... antes de que me vuelva extremista de tanto aborrecer los extremos.... ¿Ilógico, no?

lunes, 12 de julio de 2010

Cartas para Ernesto



Ese lunes estaba muy cansada, no había sido un buen día en la universidad. Siempre lo he dicho, admiro muchísimo a mi papá, por eso decidí tomar la misma rama de la medicina que él escogió: psiquiatría… Él trabaja en un sanatorio mental de mujeres, y siempre me cuenta que a veces puede ser muy complicado saber cómo actuar con las internas de la clínica. Estoy consciente de la dificultad de su profesión; pero a mí, igual que a él, me encanta ayudar a la gente, comprender su conducta, conocer el porqué de su forma de actuar y ayudarlos a salir de sus problemas… en la medida de lo posible. Lo más triste, dice mi papá, es cuando la situación se sale de las manos del médico.
Esa noche, fui la primera en llegar a la casa. Todo estaba en silencio, frío y tranquilo, así que me dispuse a comenzar mis tareas, mientras reinaba la tranquilidad. Dejé mi suéter en el perchero y fui al escritorio de mi papá. En ese momento, me percaté de que en la mesa había una pila de cartas desordenadas, ¡eran como 60! Algunas de ellas estaban un poco rotas. “¿Y esto qué es?, ¿quién las habrá dejado aquí?”, pensaba. No podía quedarme con la duda, ¡esas cartas realmente me atraían! Entonces decidí tomar la que se veía en mejor estado; estaba escrita en tinta azul y tenía fecha del día anterior, 2 de Julio de 2010...



Los días fríos, como hoy, me hacen sentir susceptible, a veces culpable; en ocasiones, molesta. Me hacen pensar de más; me hacen pensar en ti. ¿Por qué no vienes por mí, Ernesto? Estoy cansada de estar tras estas cuatro paredes; son tan blancas, tan níveas ¡tan aburridas! Aquí siempre estoy rodeada de gente, pero me siento más sola que nunca; por eso decidí escribirte a ti una vez más, Ernesto. ¿Por qué no has venido? Discúlpame por celarte tanto. Si hice algo malo te pido que me perdones, yo entiendo que puedes tener amigas, pero al verte con ellas te siento muy lejos de mí... En especial cuando hablas con Marisa, tu ex-novia, siento que echarás nuestra relación por la borda y volverás con ella; pero intentaré controlarlo, LO PROMETO. Yo confío en tu amor por mí, sé que no me dejarás, ¿verdad? Mi único deseo es que vengas por mí, y nos marchemos a nuestra casa frente al mar, esa que tanto deseamos, como me lo prometiste, ¿lo recuerdas? Ernesto, por favor, ven por mí lo más pronto posible, ya no puedo estar aquí, sin ti. ¡Perdóname!


Te ama,
Claudia


Luego de leerla, surgieron muchísimas dudas… ¿Quién es Claudia? ¿Quién es Ernesto? ¿Qué hacían todas esas cartas en su escritorio? No entendía nada de lo que estaba pasando.

Luego fijé la vista en un periódico de "Últimas Noticias" que se encontraba al lado de la torre de cartas; estaba amarillento, desgastado y tenía algunas frases borrosas, se notaba que era bastante viejo. Por curiosidad lo tomé; había sido publicado hace exactamente diez años. En su primera página decía:



Caracas, 03 de Julio de 2000


«Ernesto Parra muere envenenado por su esposa luego de un ataque de celos »



Antes de leer el artículo completo, el chirrido de la puerta rompió el silencio y un escalofrío recorrió mi cuerpo, así que me apresuré a colocar todo en su lugar. De los nervios se me cayó la carta, pero logré alcanzarla con el pie.


Era mi papá, quien venía llegando del trabajo. En su rostro se hacía evidente el cansancio, y su expresión denotaba abatimiento.
—Hola, papá, ¿qué tal tu día? —le saludé, mientras mis manos aún temblaban.


—No muy bien, cariño. Hoy murió una de mis pacientes.
03/07/ 2010

viernes, 9 de julio de 2010

Cuna de Cristal


Esa noche no logré conciliar el sueño; la emoción pudo más. Cuando cerraba los ojos, sentía escalofríos que me indicaban que tenía que estar alerta. Cada cinco minutos miraba mi teléfono para comprobar si había recibido alguna llamada o mensaje de texto. A las 5 de la mañana sonó el timbre de llamada, intenté atenderlo pero, entre los nervios y la torpeza, el celular cayó al suelo y la pantalla se rompió. “¡Esto no me puede estar pasando a mí!”, grité. Aunque no pude atender la llamada, algo en mi interior me indicaba que ya era el momento…

Me levanté rápidamente de la cama y comencé a empacar las cosas que pensé que me harían falta: ropa, comida, toallas, medicinas, el control de la televisión… sí, el control del televisor, leyeron bien (¡fíjense lo que los nervios pueden hacer!). Antes de buscar mi carro, le pedí el teléfono prestado a uno de mis vecinos y llamé a mi suegra: no estaba errado, el momento sí había llegado.

Apenas eran las 6:30am y ya me encontraba allí, en la sala de espera. Estaba tan impaciente que mi cuerpo temblaba, tenía las manos frías y no paraba de mirar a los lados.

Cuando llegué, una de las enfermeras se acercó y me dijo: “¿en qué puedo ayudarle, señor?, lo noto muy pálido, ¿se encuentra bien?

—Gracias, es… es usted muy amable —le contesté, tartamudeando—. Yo estoy bien, pero quiero conocer a mi hijo; nació esta madrugada. ¡Por favor, necesito verlo!

—¡Ah! ¡Ya entiendo! ¡Cómo no! —dijo, mientras reía—. Espere aquí, por favor, nuestra recepcionista tomará sus datos y luego yo lo guiaré.

Mi emoción crecía cada vez más. ¡Al fin conocería a mi hijo! La espera se hacía eterna. Mis piernas no podían mantenerse tranquilas, se oía el “toc, toc” de mis zapatos al golpear la cerámica (cómo si eso ayudara a que el tiempo avanzara con más rapidez, ¡Ja!) Ya no podía esperar, quería pasar y abrazar a mi pequeño descendiente.

Luego de unos minutos la enfermera regresó, pero su rostro ya no reflejaba esa alegría con la que me había recibido. Estaba acompañada del doctor que atendió el parto. Él se presentó, luego me explicó que mi esposa estaba bien, pero el parto se había complicado, y la criatura debía pasar unos días en la incubadora para que pudiera recuperarse bien. En ese momento sentí como si me habían dado una fuerte cachetada, un golpe en el pecho, y otro en el estómago. A partir de ese subibaja de emociones, mi rostro cambio de color, también mi ánimo.

—¡Quiero verlo! —insistí.

—Así será, señor, no se preocupe. Permítanos unos minutos y podrá entrar a la sala.

Miré mi reloj nuevamente; los minutos se hacían eternos. Cuando regresó la enfermera sólo habían transcurrido 5 minutos que me parecieron siglos. Créanme, en ese momento sentía que mi vida estaba transcurriendo en cámara lenta. Me sentí como cuando era pequeño y esperaba junto a mis padres que me entregaran las calificaciones, cómo si estuviese a punto de entrar a un juzgado… ¡o al menos a una reunión con mi jefe!

—“Ya puede pasar, señor” —me indicó la enfermera. Yo la seguí.

Entré en esa sala, fría y silenciosa. Allí estaba, en el fondo de la habitación, con sus ojitos cerrados y su cuerpecito frágil: mi hija. Sí, para mi sorpresa era una niña. Una niña hermosa, pero débil. Se encontraba allí, en su cunita de cristal.

El doctor nos aconsejó que no cayéramos en la desesperación, que tuviéramos mucha fe, y seguimos su consejo. Nuestra familia rezaba diariamente por ella, por su bienestar. Afortunadamente, la niña pasó en ese cuarto frío sólo dos semanas, tiempo suficiente para llenarse de fuerza y afrontar la vida.

Hoy, esa misma niña está más fuerte que nunca y recién graduada en la universidad; pero aún recuerdo esta historia como si fuera ayer. Siempre le cuento cómo fue su llegada al mundo, para que nunca olvide que con un poco de esperanza y esfuerzo todo se puede. Cada día me siento más orgulloso de mi hija, esa niña que vi por primera vez en su cuna de cristal.

Todo lo que no te he dicho



Todo lo que no te he dicho
lo expresan mis ojos,
cuando esquivan tu presencia.
Lo revelan mis pómulos,
que se tornan de un rojo cereza
si estás cerca
Lo indican mis labios, sellados,
incapaces de emitir palabra alguna.
Lo explican mis manos,
que no conocen de quietud cuando apareces,
en contraste con mis piernas, que estáticas permanecen.
Todo lo que no te he dicho,
se encuentra navegando en mi mente
como pensamientos náufragos que plasmaré en papel:
frases sin rima, que nunca podrás leer.



“El silencio es el ruido más fuerte, quizás el más fuerte de los ruidos”. Miles Davis

Hablemos, pero de verdad


Siempre hace falta la vibra positiva y buenos deseos de nuestros seres queridos, pero debe hablarse con sinceridad. Las mentiras nos vuelven ciegos a nuestra realidad, nos detienen, no nos permiten avanzar y aprender de nuestros errores. ¿Prefieres vivir en una mentira? Yo no. Hablemos, pero de verdad.

Bienvenidas sean las críticas constructivas.


¡Bienvenidos a mi mundo!