jueves, 15 de julio de 2010

Inesperada lección de vida

—¿Hola, gorda, ¿cómo estás? —me saluda, como siempre.
—Bien, aquí, ¿tú como andas?
—Chévere, ¿dónde estás, qué haces?
—Nada, en la compu. ¿Y tú? —contesto, mecánicamente.
—Aquí... cansado... trabajando... —responde. En su voz se evidencia el cansancio.
—Mmm... ta’ bien. —le digo, sin nada interesante que agregar...
...Típico silencio incómodo...1,2,3 segundos...
—Bueno... te llamo ahora.
—OK, ¡bendición!
—Dios te bendiga, mami.
Fin de la llamada.

Exactamente así es una típica conversación telefónica entre mi papá y yo; por no decir que se restringen a un “hola” y “adiós” (espero que eso nunca pase). Siempre he sido más unida a mi mamá.

Yo no quiero a escribir aquí lo que hablo o dejo de hablar con él. No. Mi intención es resaltar el poco interés que -a veces- muestro cuando me comenta sobre su trabajo.


Ayer todo fue diferente, al menos para mí. Creo que es la primera vez —en mucho tiempo— que una llamada de mi papá me pone a reflexionar tanto, ¿saben? Él en este momento está de vacaciones, y me comentaba que tenía menos presión porque muchas veces se le dificultaba llegar temprano y, al arribar a su trabajo, se deben hacer formaciones
(sí, así como los niños en la escuela) por eso es indispensable estar allí a tiempo; yo sólo me limité a decir: “¿en serio?, ¡qué fastidio!”. Ante este comentario, mi papá contestó: “Si cometes un error en un trabajo normal, lo peor que puede pasar es que te boten o te suspendan; pero si un policía comete un error se jode: mínimo va preso o lo matan, por eso hace falta disciplina”.

Créanme que en ese momento sentí un vacío en el estómago, era lo que menos quería imaginar. Me sentí como en una escena de película donde el padre le da una lección a su hijo de 5 años; porque para mí fue una lección de vida, y yo me sentí pequeña, indiferente.

Siempre he pensado, y aún lo sostengo, que las armas son INNECESARIAS; de hecho, me encantaría vivir en un mundo donde estos artilugios no existieran y, por ende, tampoco la delincuencia.
(Sí, qué ilusa, ¡lo sé!). Tal vez este precepto de vida es lo que me ha orientado a sustraerle –inconscientemente- importancia a las profesiones donde las armas son fundamentales pero, éste mismo, es el que no me ha permitido valorar como se debe a estos hombres y mujeres valientes (que no usen su "autoridad" con intenciones perjudiciales, claro está) que arriesgan su vida por salvaguardar la nuestra. Aún así, hemos catalogado esta profesión a través de los años como indigna o simplemente NORMAL, si eres apátic@, como yo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Comenta con confianza....