Esperar lo inesperado es, simplemente,
otra forma de esperar.
Mis teorías se derrumban lentamente, una tras otra, como una torre de naipes abatidos contra su voluntad. Aquellas que construyeron de mí un cuadro teñido de indiferencia; con pequeñas pinceladas de incredulidad y sombras de pesimismo.
Con estas cartas evité, a toda costa, jugar una partida de quijotes. Sustituí las figuras tradicionales: no habían tréboles ni diamantes; espadas ni corazones, sólo eran dos: "No creer", “No esperar”.
Quise repartir mis naipes por el mundo; hacerles jugar a todos este juego hasta abatir cada esperanza, pero mis propias jugadas contradecían las normas de cada partida. “Si no crees ni esperas nada, jamás te decepcionarás”, era la única regla, y fui incapaz de cumplirla. Porque vivo creyendo; vivo esperando.
Vivo creyendo que, quizás, hay algo más que una simple reacción química que se activa con sólo pensarte. Vivo creyendo en mi propio concepto de destino. Vivo creyendo que aun estando en un lugar desierto, no estoy sola. Vivo creyendo en la amistad. Vivo creyendo en supersticiones. Vivo creyendo a mi modo.
Vivo esperando encontrar en el silencio las respuestas a mis preguntas. Vivo esperando ese “no-sé-qué” que le de un giro de 180 grados a mi vida. Vivo esperando que estés allí cuando quiero. Vivo esperando lo inesperado, que de tanto pensarlo, se vuelve anhelado. Vivo esperando el día en que la realidad no tenga contrincante, que la expectativa no lo arruine todo una vez más.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Comenta con confianza....