martes, 20 de julio de 2010

Recurrente Travesía

Otro día, otra nueva travesía. Fue una jornada de trabajo muy dura; ya no aguantaba las piernas ni el dolor de cabeza. Miré mi reloj, eran las 11:20 PM., ¡lo menos que me faltaba era que cerraran el Metro! Así que corrí —literalmente— por esas oscuras y desoladas calles hasta la estación más cercana. Por suerte, llegué a tiempo.

Dentro del vagón habían unas quince personas, algunas de ellas dormían; yo pensé hacer lo mismo, pues estaba muy cansada; pero debo decir que no pude evitar la presencia de ese hombre misterioso que acababa de entrar, sentía que ya lo había visto en algún lugar. Era alto, de cabello corto y castaño, con un atuendo elegante: una camisa de gabardina azul cielo, pantalón y zapatos negros de vestir y un maletín del mismo color. Debía tener unos treinta y dos años. Era inevitable dejar de ver sus ojos color café; él también me observaba fijamente. Caminó lentamente y, sin dejar de prestarme atención, se sentó a mi lado. Me dedicó una tierna mirada, como si pidiese aprobación y tomó mi mano, yo lo permití sin poner resistencia; (¿qué rayos pasaba conmigo?) me susurró unas palabras al oído y no supe más de mí…

Cuando desperté ya estaba allí, en esa pocilga, ¡quién sabe desde cuando! Mis manos estaban atadas, mis piernas y ojos vendados. Sentía dolor en los nudillos y podía percibir el ardor de las heridas en mis rodillas; distinguía cómo la sangre corría por mis labios.

Con mi escasa capacidad motora en ese momento, mis manos palparon el suelo frío, áspero y lleno de polvo. Oía mucho ruido, el peor de todos: el silencio. No podía ver nada, mi sentido visual funcionaba igual que un canal de TV sin señal. Pero sí sentía… sentía cómo el miedo se apoderaba de mí, lo que me motivó a gritar. Grité con todas mis fuerzas al vacío hasta que no pude más.

Pasados unos minutos, percibí el sonido de unos zapatos, un olor a tabaco y calor corporal. Sentí su respiración agitada cerca de mí, sus dedos rozaban mi rostro. Intenté mantener la calma, pero el pánico ganó la partida. Volví a gritar por auxilio, pero sólo pude escuchar como respuesta un ruido estridente. De pronto, me olvidé del dolor, ya mis ojos no estaban vendados, mis piernas se reencontraron con la libertad.

Con los ojos aún cerrados extendí mi brazo y con torpeza tomé mi reloj que no paraba de sonar. Ya era hora de despertar de esa desesperante y recurrente pesadilla.



No hay comentarios:

Publicar un comentario

Comenta con confianza....