miércoles, 29 de septiembre de 2010

"Juego de grandes"




—¿Quieres jugar, Luis?





Esa fue la cándida propuesta con la que todo comenzó.



Eran las 12:30 am y Carlitos seguía despierto. Las enormes gotas de lluvia estallaban sobre el techo de zinc, y su estruendoso sonido no le permitía conciliar el sueño. El agua se deslizaba por las paredes, el suelo de cemento estaba lleno de pequeños envases que recogían el líquido vital que caía de los agujeros. La soledad y el miedo fueron sus fieles acompañantes durante toda la noche.


A la 1:15 de la madrugada llegó a la casa el padre de Carlos, empapado de la cabeza a los pies, tambaleándose e impregnando el hogar con su olor a licor barato. Lo acompañaba Ramón, un compañero de trabajo de la Policía, quien se encontraba en el mismo estado, y llevaba en su mano izquierda pequeños trozos de pitillos cortados, con una sustancia blanca en su interior y que Carlitos no logró divisar.


—¿Entonces, Juan? ¡Saca la vaina, pues! —dijo Ramón, estruendosamente.



—Ya va, pero ¿es en serio? —dudó Juan.


—¿Te vas a poner cobarde ahora? —le dijo Ramón, dándole una fuerte palmada a Juan en la espalda. — ¡Búscala!

 
—Coño, no sé… —contestó, mientras se secaba el sudor del rostro con la palma de la mano y miraba a los lados, como si tratara escapar.


—¡Le damos cuatro partidas nada más, pues! Yo comienzo y tú me sigues.



El misterioso juego comenzó. Ni el estruendoso sonido de la lluvia, ni las gotas de agua que salpicaban en sus rostros pudieron alterar su concentración. Ramón inició la partida, Juan le siguió, y así continuaron, hasta completar las cuatro rondas previstas.


Ninguno de los dos se había percatado de que Carlitos los observaba desde la habitación, en silencio. La partida culminó y, al parecer, ninguno de los jugadores resultó vencedor.


Durante la mañana siguiente la lluvia no cesó. Su padre partió temprano, así que Carlitos se encontró solo nuevamente. El niño despertó dispuesto a aprender cómo se ganaba en el misterioso juego que presenció el día anterior, así que revisó las gavetas de su padre, se colocó un impermeable y luego fue hacia la entrada del barrio, el lugar más frecuentado por sus amigos. Al llegar se encontró a Luis, su vecino y compañero de juegos.




¿Quieres jugar, Luis? —dijo Carlitos, con entusiasmo.

Luis asintió repetidamente con la cabeza, se sentía feliz de aprender un nuevo juego.


—Escucha, sólo serán 4 partidas, yo comienzo y tú me sigues. —dijo Juan, repitiendo exactamente lo que había oído la noche anterior.

 
Tal como lo habían planeado, Carlitos fue el encargado de iniciar la ronda, mientras imitaba los gestos de su padre y fingía concentración, cual experto; pero nada ocurrió.


Llegó el turno de Luis quien, igual que Carlitos, tampoco sabía cuál era la finalidad del juego. El pequeño se detuvo unos minutos antes de jugar, como si intentara atender a aquella voz interna de alerta que a todo niño se le dificulta escuchar, pero sólo reinó el silencio interior. Así que, sin meditarlo más, colocó torpemente el “juguete” en su frente, a la altura de sus despobladas cejas. Cerró los ojos, y apretó el gatillo.


Las aves conquistaron el cielo en busca de refugio; estimuladas por la fuerte detonación, volaron despavoridas, pero sincronizas, lejos del lugar. Se escucharon potentes truenos, las alarmas se encendieron, se oyeron gritos a lo lejos. Los rostros amontonados de los vecinos del barrio rodearon la zona de juego mientras observaban la escena, atónitos. De un lado yacía el cuerpo inerte y diminuto de Luis, cubierto de sangre pura que la lluvia se encargó de esparcir por las interminables escaleras; y del otro Carlitos, inmóvil, sin color en el rostro, sin decir palabra alguna, mientras reconstruía la imagen predecesora en su cabeza una y otra vez, con misma rapidez con la que latía su corazón; escuchando sonidos distantes que no lograba decodificar, sin comprender lo que había sucedido y, sobre todo, deseando no haber conocido nunca el amargo sabor de la victoria en ese “juego de grandes” .








Eileen.




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