
Esa noche no logré conciliar el sueño; la emoción pudo más. Cuando cerraba los ojos, sentía escalofríos que me indicaban que tenía que estar alerta. Cada cinco minutos miraba mi teléfono para comprobar si había recibido alguna llamada o mensaje de texto. A las 5 de la mañana sonó el timbre de llamada, intenté atenderlo pero, entre los nervios y la torpeza, el celular cayó al suelo y la pantalla se rompió. “¡Esto no me puede estar pasando a mí!”, grité. Aunque no pude atender la llamada, algo en mi interior me indicaba que ya era el momento…
Me levanté rápidamente de la cama y comencé a empacar las cosas que pensé que me harían falta: ropa, comida, toallas, medicinas, el control de la televisión… sí, el control del televisor, leyeron bien (¡fíjense lo que los nervios pueden hacer!). Antes de buscar mi carro, le pedí el teléfono prestado a uno de mis vecinos y llamé a mi suegra: no estaba errado, el momento sí había llegado.
Apenas eran las 6:30am y ya me encontraba allí, en la sala de espera. Estaba tan impaciente que mi cuerpo temblaba, tenía las manos frías y no paraba de mirar a los lados.
Cuando llegué, una de las enfermeras se acercó y me dijo: “¿en qué puedo ayudarle, señor?, lo noto muy pálido, ¿se encuentra bien?
—Gracias, es… es usted muy amable —le contesté, tartamudeando—. Yo estoy bien, pero quiero conocer a mi hijo; nació esta madrugada. ¡Por favor, necesito verlo!
—¡Ah! ¡Ya entiendo! ¡Cómo no! —dijo, mientras reía—. Espere aquí, por favor, nuestra recepcionista tomará sus datos y luego yo lo guiaré.
Mi emoción crecía cada vez más. ¡Al fin conocería a mi hijo! La espera se hacía eterna. Mis piernas no podían mantenerse tranquilas, se oía el “toc, toc” de mis zapatos al golpear la cerámica (cómo si eso ayudara a que el tiempo avanzara con más rapidez, ¡Ja!) Ya no podía esperar, quería pasar y abrazar a mi pequeño descendiente.
Luego de unos minutos la enfermera regresó, pero su rostro ya no reflejaba esa alegría con la que me había recibido. Estaba acompañada del doctor que atendió el parto. Él se presentó, luego me explicó que mi esposa estaba bien, pero el parto se había complicado, y la criatura debía pasar unos días en la incubadora para que pudiera recuperarse bien. En ese momento sentí como si me habían dado una fuerte cachetada, un golpe en el pecho, y otro en el estómago. A partir de ese subibaja de emociones, mi rostro cambio de color, también mi ánimo.
—¡Quiero verlo! —insistí.
—Así será, señor, no se preocupe. Permítanos unos minutos y podrá entrar a la sala.
Miré mi reloj nuevamente; los minutos se hacían eternos. Cuando regresó la enfermera sólo habían transcurrido 5 minutos que me parecieron siglos. Créanme, en ese momento sentía que mi vida estaba transcurriendo en cámara lenta. Me sentí como cuando era pequeño y esperaba junto a mis padres que me entregaran las calificaciones, cómo si estuviese a punto de entrar a un juzgado… ¡o al menos a una reunión con mi jefe!
—“Ya puede pasar, señor” —me indicó la enfermera. Yo la seguí.
Entré en esa sala, fría y silenciosa. Allí estaba, en el fondo de la habitación, con sus ojitos cerrados y su cuerpecito frágil: mi hija. Sí, para mi sorpresa era una niña. Una niña hermosa, pero débil. Se encontraba allí, en su cunita de cristal.
El doctor nos aconsejó que no cayéramos en la desesperación, que tuviéramos mucha fe, y seguimos su consejo. Nuestra familia rezaba diariamente por ella, por su bienestar. Afortunadamente, la niña pasó en ese cuarto frío sólo dos semanas, tiempo suficiente para llenarse de fuerza y afrontar la vida.
Hoy, esa misma niña está más fuerte que nunca y recién graduada en la universidad; pero aún recuerdo esta historia como si fuera ayer. Siempre le cuento cómo fue su llegada al mundo, para que nunca olvide que con un poco de esperanza y esfuerzo todo se puede. Cada día me siento más orgulloso de mi hija, esa niña que vi por primera vez en su cuna de cristal.
que bello!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! casi lloro, en serio!!!!! de aqui la "Proyecto 48-Venezuela"
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