viernes, 23 de julio de 2010

¿Podremos salir de Matrix?

No tenía pensado sentarme frente a la computadora a esta hora, en especial porque debo levantarme muy temprano, pero hay algo que me obliga a hacerlo....

Confieso que HOY fue la primera vez que vi la primera película de la trilogía de Matrix. Sí, sí, sé que fue un “boom” en el año 1999, todos comentaban sobre ella, sobre todo de sus efectos especiales, pero nunca me había interesado verla porque, sencillamente, la ciencia ficción no es lo mío. Ver a un personaje con súper-poderes, que vuele, que pueda esquivar miles de balas: me da igual. Pero hoy hice una excepción, porque no puedo decir “no me gusta” si ni siquiera la he visto, ¿cierto?

Después de verla, mantengo mi posición. La ciencia ficción no me interesa, pero el mensaje de la película es definitivamente para ponerte a reflexionar hasta volverte loco. Para situarnos un poco, si alguno de los que me lee no ha visto ninguna de las películas de esta trilogía (aunque, creo que es poco probable); Matrix es una especie de programa utilizado por la inteligencia artificial para esclavizar las mentes de los seres humanos, y mantenerlos engañados, siguiendo sus reglas al pie de la letra. Matrix nos muestra cómo el Sistema Social nos mantiene ciegos, alienados, encerrados en un mundo de fantasía del que no podemos salir, simplemente no queremos ver más allá.

Muchas veces nos hemos sentido como “Neo” (el protagonista de la historia) quien, motivado por la inquietud, desea conocer cómo es el Mundo Real, ese donde pueda pensar por sí mismo, sin ataduras, por eso escoge conocer la verdad y dejar la vida ilusoria que antes tenía, por eso se va a vivir a una nave espacial en la ciudad de "Zion" con las pocas personas que no pudieron ser manipuladas por Matrix.

Al terminar la película, me puse a pensar cómo sería si no tuviera tantos efectos especiales e imágenes violentas. Considero que el mensaje hubiese llegado a los receptores de forma mucho más clara; sin embargo, la industria sabe perfectamente que a las personas les encanta decir: “¡wow, tremendos efectos!”. Así que fueron muy inteligentes, después de todo, eso fue lo que la hizo taquillera, ¿o no?

En un artículo que encontré en Internet, indican que esta película tiene tres niveles de lectura: la de los videojuegos, la comparación con nuestra sociedad actual y una reflexión sobre la cultura de masas. ¡Hurra por los que no se quedan sólo en el primer nivel! Lo más difícil es que, por más que reflexionemos, nunca podremos salir de “Matrix”, siempre seremos esclavos del sistema contra nuestra voluntad.

Que quede claro que no pretendo descubrir el agua tibia, ni mucho menos, simplemente no podía callarme y olvidar todo lo que sentí al ver esta película. Quisiera escribir mucho más, pero ya son casi las 2 de la mañana, hora de dormir. ¡Buenas Noches!.

Reflexión final: "No he venido para decirte cómo acabará todo esto. Al contrario, he venido a decirte cómo va a comenzar. Voy a colgar el teléfono y luego voy a enseñarles a todos lo que ustedes no quieren que vean. Les enseñaré un mundo sin ustedes. Un mundo sin reglas y sin controles, sin límites ni fronteras. Un mundo donde cualquier cosa sea posible. Lo que hagamos después es una decisión que dejo en sus manos". Neo

jueves, 22 de julio de 2010

Teatro de Marionetas


Todas habitan en este gran salón, todas están encaminadas hacia una misma dirección. Hablan de lo mismo, visten un uniforme en que sólo puede distinguirse uno que otro detalle y se mueven de manera casi idéntica, excepto en las funciones especiales, porque para ser especial no se puede actuar como una más del montón. Cada uno de sus movimientos está regido por largos hilos que dirigen sus acciones, ellos le indican la orientación correcta, esa que las hará lucir bien y las alejará de la condena. Pero en el fondo, la originalidad y la independencia es el sueño inalcanzable de toda marioneta.

Yo sólo soy un espectador que viene diariamente a este teatro. A veces me pongo a meditar cómo sería la función si su elenco tuviera vida propia: realizarían una obra al estilo libre, sin libretos, sin pre-producción, sin ataduras. ¡Sería Magnifico! ... Los primeros minutos. Al pasar las horas no sabrían qué decir, no podrían entenderse, posiblemente se descuartizarían unas a otras… Un montón de pabilos por aquí, un trozo de madera por allá, y un pedazo de trapos más acá.... Ya no existiría un titiritero que dicte qué está bien y qué está mal. Pero eso no pasará, después de todo, las marionetas fueron fabricadas sin cerebro con una finalidad: Orden.

martes, 20 de julio de 2010

Recurrente Travesía

Otro día, otra nueva travesía. Fue una jornada de trabajo muy dura; ya no aguantaba las piernas ni el dolor de cabeza. Miré mi reloj, eran las 11:20 PM., ¡lo menos que me faltaba era que cerraran el Metro! Así que corrí —literalmente— por esas oscuras y desoladas calles hasta la estación más cercana. Por suerte, llegué a tiempo.

Dentro del vagón habían unas quince personas, algunas de ellas dormían; yo pensé hacer lo mismo, pues estaba muy cansada; pero debo decir que no pude evitar la presencia de ese hombre misterioso que acababa de entrar, sentía que ya lo había visto en algún lugar. Era alto, de cabello corto y castaño, con un atuendo elegante: una camisa de gabardina azul cielo, pantalón y zapatos negros de vestir y un maletín del mismo color. Debía tener unos treinta y dos años. Era inevitable dejar de ver sus ojos color café; él también me observaba fijamente. Caminó lentamente y, sin dejar de prestarme atención, se sentó a mi lado. Me dedicó una tierna mirada, como si pidiese aprobación y tomó mi mano, yo lo permití sin poner resistencia; (¿qué rayos pasaba conmigo?) me susurró unas palabras al oído y no supe más de mí…

Cuando desperté ya estaba allí, en esa pocilga, ¡quién sabe desde cuando! Mis manos estaban atadas, mis piernas y ojos vendados. Sentía dolor en los nudillos y podía percibir el ardor de las heridas en mis rodillas; distinguía cómo la sangre corría por mis labios.

Con mi escasa capacidad motora en ese momento, mis manos palparon el suelo frío, áspero y lleno de polvo. Oía mucho ruido, el peor de todos: el silencio. No podía ver nada, mi sentido visual funcionaba igual que un canal de TV sin señal. Pero sí sentía… sentía cómo el miedo se apoderaba de mí, lo que me motivó a gritar. Grité con todas mis fuerzas al vacío hasta que no pude más.

Pasados unos minutos, percibí el sonido de unos zapatos, un olor a tabaco y calor corporal. Sentí su respiración agitada cerca de mí, sus dedos rozaban mi rostro. Intenté mantener la calma, pero el pánico ganó la partida. Volví a gritar por auxilio, pero sólo pude escuchar como respuesta un ruido estridente. De pronto, me olvidé del dolor, ya mis ojos no estaban vendados, mis piernas se reencontraron con la libertad.

Con los ojos aún cerrados extendí mi brazo y con torpeza tomé mi reloj que no paraba de sonar. Ya era hora de despertar de esa desesperante y recurrente pesadilla.



jueves, 15 de julio de 2010

Inesperada lección de vida

—¿Hola, gorda, ¿cómo estás? —me saluda, como siempre.
—Bien, aquí, ¿tú como andas?
—Chévere, ¿dónde estás, qué haces?
—Nada, en la compu. ¿Y tú? —contesto, mecánicamente.
—Aquí... cansado... trabajando... —responde. En su voz se evidencia el cansancio.
—Mmm... ta’ bien. —le digo, sin nada interesante que agregar...
...Típico silencio incómodo...1,2,3 segundos...
—Bueno... te llamo ahora.
—OK, ¡bendición!
—Dios te bendiga, mami.
Fin de la llamada.

Exactamente así es una típica conversación telefónica entre mi papá y yo; por no decir que se restringen a un “hola” y “adiós” (espero que eso nunca pase). Siempre he sido más unida a mi mamá.

Yo no quiero a escribir aquí lo que hablo o dejo de hablar con él. No. Mi intención es resaltar el poco interés que -a veces- muestro cuando me comenta sobre su trabajo.


Ayer todo fue diferente, al menos para mí. Creo que es la primera vez —en mucho tiempo— que una llamada de mi papá me pone a reflexionar tanto, ¿saben? Él en este momento está de vacaciones, y me comentaba que tenía menos presión porque muchas veces se le dificultaba llegar temprano y, al arribar a su trabajo, se deben hacer formaciones
(sí, así como los niños en la escuela) por eso es indispensable estar allí a tiempo; yo sólo me limité a decir: “¿en serio?, ¡qué fastidio!”. Ante este comentario, mi papá contestó: “Si cometes un error en un trabajo normal, lo peor que puede pasar es que te boten o te suspendan; pero si un policía comete un error se jode: mínimo va preso o lo matan, por eso hace falta disciplina”.

Créanme que en ese momento sentí un vacío en el estómago, era lo que menos quería imaginar. Me sentí como en una escena de película donde el padre le da una lección a su hijo de 5 años; porque para mí fue una lección de vida, y yo me sentí pequeña, indiferente.

Siempre he pensado, y aún lo sostengo, que las armas son INNECESARIAS; de hecho, me encantaría vivir en un mundo donde estos artilugios no existieran y, por ende, tampoco la delincuencia.
(Sí, qué ilusa, ¡lo sé!). Tal vez este precepto de vida es lo que me ha orientado a sustraerle –inconscientemente- importancia a las profesiones donde las armas son fundamentales pero, éste mismo, es el que no me ha permitido valorar como se debe a estos hombres y mujeres valientes (que no usen su "autoridad" con intenciones perjudiciales, claro está) que arriesgan su vida por salvaguardar la nuestra. Aún así, hemos catalogado esta profesión a través de los años como indigna o simplemente NORMAL, si eres apátic@, como yo.

miércoles, 14 de julio de 2010

¿Fanática... yo?


No vendes tus ojos, busca el equilibrio...





Siempre lo he pensado: odio los extremos. Por más que lo pienso, lo analizo, intento sobrellevarlo; pero no puedo, es algo que no se me da... ¿es tan extraño no tolerar a los extremistas? A veces siento que me contradigo, no lo sé.

Hay personas que pasan toda su vida idiotizados, cegados por una ideología o tendencia que defienden a capa y espada y muchas veces no comprenden su significado real. Estos extremismos -generalmente de tipo político y religioso y últimamente deportivo-, dan lugar a discordias entre desconocidos, amigos y familiares. Mientras tanto, yo me sigo preguntando: ¿de qué sirven? Si lo que pretenden es crear más división, ¡dieron en el clavo! Lo que más me incomoda de estas situaciones es que los fanáticos permanecen con una venda en los ojos que no les permite ver más allá de su realidad subjetiva, por eso siempre intento ver las dos caras de una moneda; los pros y los contra de una misma situación; sus cualidades, fallas y, sobre todo, su porqué..

Lamentablemente, nuestro país se ha convertido en la sede principal de la parcialidad. Ya estoy cansada de frases despectivas de opositores a chavistas –y viceversa-; de vinotintos a “pasteleros” (qué bueno que ya acabó el mundial); rockeros a reggaetoneros (aunque no se encuentre dentro de los patrones de una "ideología"); “cristianos" a “ateos”, y pare de contar... Si leemos a Amos Oz (2003, p: 26) nos dirá que “la esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar”. ¿No tolerar a los intolerantes y desear con todas mis fuerzas que cambien me hace fanática?

Antes de culminar, debo decir que “La Ola” (Die Welle) es una de las películas que refleja con mayor fidelidad lo que intenté expresar aquí. En ella se refleja perfectamente por qué se me hace imposible tolerar tantos fervores desmedidos, pues nos muestra, a través de simbolismos, cómo actúan las ideologías en la sociedad y las peligrosas consecuencias que pueden acarrear. Se las recomiendo en un 100%


Cabe destacar que, desde mi punto de vista, no está mal defender una ideología, siempre y cuando se respeten los pensamientos disímiles. Queda de parte de nosotros tomar conciencia sobre el riesgo que se corre de caer en el fanatismo e intolerancia.

Tenía que escribirlo... antes de que me vuelva extremista de tanto aborrecer los extremos.... ¿Ilógico, no?

lunes, 12 de julio de 2010

Cartas para Ernesto



Ese lunes estaba muy cansada, no había sido un buen día en la universidad. Siempre lo he dicho, admiro muchísimo a mi papá, por eso decidí tomar la misma rama de la medicina que él escogió: psiquiatría… Él trabaja en un sanatorio mental de mujeres, y siempre me cuenta que a veces puede ser muy complicado saber cómo actuar con las internas de la clínica. Estoy consciente de la dificultad de su profesión; pero a mí, igual que a él, me encanta ayudar a la gente, comprender su conducta, conocer el porqué de su forma de actuar y ayudarlos a salir de sus problemas… en la medida de lo posible. Lo más triste, dice mi papá, es cuando la situación se sale de las manos del médico.
Esa noche, fui la primera en llegar a la casa. Todo estaba en silencio, frío y tranquilo, así que me dispuse a comenzar mis tareas, mientras reinaba la tranquilidad. Dejé mi suéter en el perchero y fui al escritorio de mi papá. En ese momento, me percaté de que en la mesa había una pila de cartas desordenadas, ¡eran como 60! Algunas de ellas estaban un poco rotas. “¿Y esto qué es?, ¿quién las habrá dejado aquí?”, pensaba. No podía quedarme con la duda, ¡esas cartas realmente me atraían! Entonces decidí tomar la que se veía en mejor estado; estaba escrita en tinta azul y tenía fecha del día anterior, 2 de Julio de 2010...



Los días fríos, como hoy, me hacen sentir susceptible, a veces culpable; en ocasiones, molesta. Me hacen pensar de más; me hacen pensar en ti. ¿Por qué no vienes por mí, Ernesto? Estoy cansada de estar tras estas cuatro paredes; son tan blancas, tan níveas ¡tan aburridas! Aquí siempre estoy rodeada de gente, pero me siento más sola que nunca; por eso decidí escribirte a ti una vez más, Ernesto. ¿Por qué no has venido? Discúlpame por celarte tanto. Si hice algo malo te pido que me perdones, yo entiendo que puedes tener amigas, pero al verte con ellas te siento muy lejos de mí... En especial cuando hablas con Marisa, tu ex-novia, siento que echarás nuestra relación por la borda y volverás con ella; pero intentaré controlarlo, LO PROMETO. Yo confío en tu amor por mí, sé que no me dejarás, ¿verdad? Mi único deseo es que vengas por mí, y nos marchemos a nuestra casa frente al mar, esa que tanto deseamos, como me lo prometiste, ¿lo recuerdas? Ernesto, por favor, ven por mí lo más pronto posible, ya no puedo estar aquí, sin ti. ¡Perdóname!


Te ama,
Claudia


Luego de leerla, surgieron muchísimas dudas… ¿Quién es Claudia? ¿Quién es Ernesto? ¿Qué hacían todas esas cartas en su escritorio? No entendía nada de lo que estaba pasando.

Luego fijé la vista en un periódico de "Últimas Noticias" que se encontraba al lado de la torre de cartas; estaba amarillento, desgastado y tenía algunas frases borrosas, se notaba que era bastante viejo. Por curiosidad lo tomé; había sido publicado hace exactamente diez años. En su primera página decía:



Caracas, 03 de Julio de 2000


«Ernesto Parra muere envenenado por su esposa luego de un ataque de celos »



Antes de leer el artículo completo, el chirrido de la puerta rompió el silencio y un escalofrío recorrió mi cuerpo, así que me apresuré a colocar todo en su lugar. De los nervios se me cayó la carta, pero logré alcanzarla con el pie.


Era mi papá, quien venía llegando del trabajo. En su rostro se hacía evidente el cansancio, y su expresión denotaba abatimiento.
—Hola, papá, ¿qué tal tu día? —le saludé, mientras mis manos aún temblaban.


—No muy bien, cariño. Hoy murió una de mis pacientes.
03/07/ 2010

viernes, 9 de julio de 2010

Cuna de Cristal


Esa noche no logré conciliar el sueño; la emoción pudo más. Cuando cerraba los ojos, sentía escalofríos que me indicaban que tenía que estar alerta. Cada cinco minutos miraba mi teléfono para comprobar si había recibido alguna llamada o mensaje de texto. A las 5 de la mañana sonó el timbre de llamada, intenté atenderlo pero, entre los nervios y la torpeza, el celular cayó al suelo y la pantalla se rompió. “¡Esto no me puede estar pasando a mí!”, grité. Aunque no pude atender la llamada, algo en mi interior me indicaba que ya era el momento…

Me levanté rápidamente de la cama y comencé a empacar las cosas que pensé que me harían falta: ropa, comida, toallas, medicinas, el control de la televisión… sí, el control del televisor, leyeron bien (¡fíjense lo que los nervios pueden hacer!). Antes de buscar mi carro, le pedí el teléfono prestado a uno de mis vecinos y llamé a mi suegra: no estaba errado, el momento sí había llegado.

Apenas eran las 6:30am y ya me encontraba allí, en la sala de espera. Estaba tan impaciente que mi cuerpo temblaba, tenía las manos frías y no paraba de mirar a los lados.

Cuando llegué, una de las enfermeras se acercó y me dijo: “¿en qué puedo ayudarle, señor?, lo noto muy pálido, ¿se encuentra bien?

—Gracias, es… es usted muy amable —le contesté, tartamudeando—. Yo estoy bien, pero quiero conocer a mi hijo; nació esta madrugada. ¡Por favor, necesito verlo!

—¡Ah! ¡Ya entiendo! ¡Cómo no! —dijo, mientras reía—. Espere aquí, por favor, nuestra recepcionista tomará sus datos y luego yo lo guiaré.

Mi emoción crecía cada vez más. ¡Al fin conocería a mi hijo! La espera se hacía eterna. Mis piernas no podían mantenerse tranquilas, se oía el “toc, toc” de mis zapatos al golpear la cerámica (cómo si eso ayudara a que el tiempo avanzara con más rapidez, ¡Ja!) Ya no podía esperar, quería pasar y abrazar a mi pequeño descendiente.

Luego de unos minutos la enfermera regresó, pero su rostro ya no reflejaba esa alegría con la que me había recibido. Estaba acompañada del doctor que atendió el parto. Él se presentó, luego me explicó que mi esposa estaba bien, pero el parto se había complicado, y la criatura debía pasar unos días en la incubadora para que pudiera recuperarse bien. En ese momento sentí como si me habían dado una fuerte cachetada, un golpe en el pecho, y otro en el estómago. A partir de ese subibaja de emociones, mi rostro cambio de color, también mi ánimo.

—¡Quiero verlo! —insistí.

—Así será, señor, no se preocupe. Permítanos unos minutos y podrá entrar a la sala.

Miré mi reloj nuevamente; los minutos se hacían eternos. Cuando regresó la enfermera sólo habían transcurrido 5 minutos que me parecieron siglos. Créanme, en ese momento sentía que mi vida estaba transcurriendo en cámara lenta. Me sentí como cuando era pequeño y esperaba junto a mis padres que me entregaran las calificaciones, cómo si estuviese a punto de entrar a un juzgado… ¡o al menos a una reunión con mi jefe!

—“Ya puede pasar, señor” —me indicó la enfermera. Yo la seguí.

Entré en esa sala, fría y silenciosa. Allí estaba, en el fondo de la habitación, con sus ojitos cerrados y su cuerpecito frágil: mi hija. Sí, para mi sorpresa era una niña. Una niña hermosa, pero débil. Se encontraba allí, en su cunita de cristal.

El doctor nos aconsejó que no cayéramos en la desesperación, que tuviéramos mucha fe, y seguimos su consejo. Nuestra familia rezaba diariamente por ella, por su bienestar. Afortunadamente, la niña pasó en ese cuarto frío sólo dos semanas, tiempo suficiente para llenarse de fuerza y afrontar la vida.

Hoy, esa misma niña está más fuerte que nunca y recién graduada en la universidad; pero aún recuerdo esta historia como si fuera ayer. Siempre le cuento cómo fue su llegada al mundo, para que nunca olvide que con un poco de esperanza y esfuerzo todo se puede. Cada día me siento más orgulloso de mi hija, esa niña que vi por primera vez en su cuna de cristal.

Todo lo que no te he dicho



Todo lo que no te he dicho
lo expresan mis ojos,
cuando esquivan tu presencia.
Lo revelan mis pómulos,
que se tornan de un rojo cereza
si estás cerca
Lo indican mis labios, sellados,
incapaces de emitir palabra alguna.
Lo explican mis manos,
que no conocen de quietud cuando apareces,
en contraste con mis piernas, que estáticas permanecen.
Todo lo que no te he dicho,
se encuentra navegando en mi mente
como pensamientos náufragos que plasmaré en papel:
frases sin rima, que nunca podrás leer.



“El silencio es el ruido más fuerte, quizás el más fuerte de los ruidos”. Miles Davis

Hablemos, pero de verdad


Siempre hace falta la vibra positiva y buenos deseos de nuestros seres queridos, pero debe hablarse con sinceridad. Las mentiras nos vuelven ciegos a nuestra realidad, nos detienen, no nos permiten avanzar y aprender de nuestros errores. ¿Prefieres vivir en una mentira? Yo no. Hablemos, pero de verdad.

Bienvenidas sean las críticas constructivas.


¡Bienvenidos a mi mundo!