
Camino a diario por este largo pasillo cuyas paredes níveas están permanentemente vestidas de gala: los cuadros son los ornamentos que engalanan su blanquecina apariencia, para el deleite del público sediento de arte.
Colores, luces, texturas, sentimientos, sensaciones y abstracciones colman el lugar... Piezas vienen, piezas van, pero "Maite"… "Maite" es especial; abstracta, indefinida, extravagante y a la vez sencilla: única. Intentaré reproducir la reacción que mi querida “Maite” genera en el público de la manera más fidedigna que me sea posible: los espectadores entran a la galería, echan un vistazo a su alrededor y se acercan a ella, se detienen por 1, 2, 3, 4, 5…10…15 segundos… Resaltan las líneas de expresión facial: las cejas se unen, el ceño se frunce y siguen su camino hacia las próximas piezas; vistosas, coloridas, seductoras y de menor de complejidad. Una sonrisa placentera se posa en sus labios y se marchan de la galería acompañados de algún diseño simple, pero atrayente ; mientras “Maite” sigue allí, inmóvil: su complejidad fue su condena.
Desde hace unos meses he notado la recurrente presencia de ese joven, veinteañero, de piel canela, cabello largo y negro azabache, exóticamente ondulado y recogido por una cola. Viene todos los martes por la tarde y explora el ornamentado pasillo de una esquina a la otra con su pausado y desorientado caminar y sus aires de intelectual.
—¿En qué puedo ayudarle? —le dije.
—Gracias, sólo estoy mirando —me contestó con una cordial sonrisa.
Colores, luces, texturas, sentimientos, sensaciones y abstracciones colman el lugar... Piezas vienen, piezas van, pero "Maite"… "Maite" es especial; abstracta, indefinida, extravagante y a la vez sencilla: única. Intentaré reproducir la reacción que mi querida “Maite” genera en el público de la manera más fidedigna que me sea posible: los espectadores entran a la galería, echan un vistazo a su alrededor y se acercan a ella, se detienen por 1, 2, 3, 4, 5…10…15 segundos… Resaltan las líneas de expresión facial: las cejas se unen, el ceño se frunce y siguen su camino hacia las próximas piezas; vistosas, coloridas, seductoras y de menor de complejidad. Una sonrisa placentera se posa en sus labios y se marchan de la galería acompañados de algún diseño simple, pero atrayente ; mientras “Maite” sigue allí, inmóvil: su complejidad fue su condena.
Desde hace unos meses he notado la recurrente presencia de ese joven, veinteañero, de piel canela, cabello largo y negro azabache, exóticamente ondulado y recogido por una cola. Viene todos los martes por la tarde y explora el ornamentado pasillo de una esquina a la otra con su pausado y desorientado caminar y sus aires de intelectual.
—¿En qué puedo ayudarle? —le dije.
—Gracias, sólo estoy mirando —me contestó con una cordial sonrisa.
Así era, y no sólo miraba… examinaba, indagaba, y degustaba las obras una por una, como un experimentado catador, en búsqueda de un sorbo de glorioso vino. Recorría el lugar, quizá por el simple placer de observar, quizá por no haber hallado aún lo que buscaba. Al parecer, el examinador no había encontrado su pieza ideal, su vino perfecto.
Recuerdo que en sus primeras visitas, al igual que los demás espectadores, ese chico observaba a "Maite" por unos 15 segundos y luego se dirigía con expresión de confusión a mirar las piezas vecinas. Pasados los días, los segundos se duplicaban. Con los meses, los minutos dedicados a ella se iban prolongando poco a poco.
Así pasaron las semanas y el chico de cabello largo regresaba cada martes a esta galería, solamente con la intención de observar…
—¿En qué puedo ayudarle, joven? —le dije, esperando la acostumbrada respuesta.
—La quiero…
Unos minutos más tarde, salió por esa puerta con su andar errante, una sonrisa gloriosa en el rostro y Maite en sus brazos. Al fin encontró su vino perfecto y había pasado muchas veces frente a él, pero fue degustando poco a poco su sabor, explorándolo, conociéndolo un poco más cada martes.
¿Viste, Maite? Te dije que con el tiempo alguien lograría comprenderte, como lo mereces… —murmuré, con esa vacilación entre alegría y pesar, mientras ella se alejaba, para siempre…
Recuerdo que en sus primeras visitas, al igual que los demás espectadores, ese chico observaba a "Maite" por unos 15 segundos y luego se dirigía con expresión de confusión a mirar las piezas vecinas. Pasados los días, los segundos se duplicaban. Con los meses, los minutos dedicados a ella se iban prolongando poco a poco.
Así pasaron las semanas y el chico de cabello largo regresaba cada martes a esta galería, solamente con la intención de observar…
—¿En qué puedo ayudarle, joven? —le dije, esperando la acostumbrada respuesta.
—La quiero…
Unos minutos más tarde, salió por esa puerta con su andar errante, una sonrisa gloriosa en el rostro y Maite en sus brazos. Al fin encontró su vino perfecto y había pasado muchas veces frente a él, pero fue degustando poco a poco su sabor, explorándolo, conociéndolo un poco más cada martes.
¿Viste, Maite? Te dije que con el tiempo alguien lograría comprenderte, como lo mereces… —murmuré, con esa vacilación entre alegría y pesar, mientras ella se alejaba, para siempre…
Leer tus cuentos para mí es un placer... Felicitaciones, leen, continúa escribiendo y aprovechando el don que tienes :D Ibis.
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