domingo, 29 de agosto de 2010

Por eso te odio...



       
          Jueves, 12:25 del mediodía. Allí estabas como siempre, en el mismo cafetín donde te vi por primera vez, ese que visitas cada jueves al salir de clases. Leías con mucho esmero un voluminoso libro, cuyo nombre no logré distinguir, mientras saboreabas una taza de café. Usabas una camisa blanca, jeans rotos y unos zapatos Converse ☆ clásicos desgastados; tu cabello estaba alborotado, como de costumbre. El sol resplandeciente te servía de reflector, pues me advirtió de tu presencia mientras iluminaba tu silueta, aquella silueta exótica que tanto aborrecía.



           Lo único que transcurría por mis pensamientos en ese momento era todo lo que odiaba y aún odio de ti: odio tu mirada firme y dominante, siempre dirigida hacia el frente, odio tu apresurado caminar, odio tu aura de intelectual. Odio tus mejillas, siempre ruborizadas. Odio tu sonrisa perfecta y radiante. Odio tu extraña belleza, tus ojos color café, que brillan desde lejos. Odio tus anteojos de montura negra, tus pantalones rasgados, tus zapatos desgastados, tu cabello alborotado y el diminuto tatuaje de átomo que llevas en la espalda, que te hacen romper cualquier molde. Odio cuando pasas junto a mí, en silencio, sin mirar a los lados. Y sobre todo, me odio a mí, por nunca haberte hablado.


2 comentarios:

  1. Ese es el tipo perfecto ¿por qué no le hablaste?

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  2. Sí, ¿provoca sacarlo de la historia, no? :) igual no le hablaría, me conozco D:

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