No está de menos alardear
que fui muriendo cuando lo intentaba
Tomates Fritos
—¿Qué hago yo aquí?, sobre esto escribirán hoy —indicó el profesor. Así comenzó la batalla interna.
Si hay alguna interrogante que asalta mi mente en todo momento es “¿qué hago aquí?”, y siempre es la misma respuesta: “no lo sé”. Pude escuchar muchas voces en mi cerebro, todas ansiosas por responderme la pregunta del millón; pero se atropellaban unas con otras, se contradecían, hablaban al mismo tiempo. No pude entenderlas, y aquí estoy, en el mismo lugar donde comenzó la batalla de ideas.
Saqué mis audífonos, sólo quería escuchar el sonido de la música. Es mi método infalible para hacer callar a mis inquietas ideas en su esfuerzo contraproducente por ayudarme.
“Nadaré hasta llegar, y si muero en el intento sabrás que al menos lo quise intentar, no está de menos alardear que fui muriendo cuando lo intentaba”, objeta mi sabio reproductor de música, en mi intento desesperado por contestar la gran pregunta.
Volví al punto inicial: “¿qué hago aquí?”. Si algo puedo asegurar es que nadar contra la corriente está en mis genes, es mi motor de acción. Es como una fiera indomable que dirige mis movimientos y que, sin pedir permiso, me arrastró hasta este lugar, no sé cómo ni por qué.
Llegué aquí persiguiendo un sueño que cada vez se hace más borroso y difuso. Llegué aquí buscando una musa que juega a esconderse de mí. Llegué aquí cargando un pesado morral lleno de dudas, del cuál no he podido desprenderme. Llegué aquí como fugitiva del silencio y la timidez que siempre me han perseguido; sabiendo que fácilmente podría morir en el camino. Llegué aquí como un arriesgado nadador que se sumergió en profundas corrientes sin saber nadar, pero que aún no pierde la esperanza de aprender. Llegué aquí, con el anhelo agridulce de no morir en el intento.

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