martes, 31 de agosto de 2010

Temer es de humanos

 No afrontar los temores es de tontos...



Si hay algo que siempre he evitado es a hablar de mí, de hecho, recuerdo que cuando en las clases de Castellano debía escribir en primera persona -aunque fuera sobre algo irreal- me costaba muchísimo, simplemente me quedaba en blanco, pero creo que de una u otra forma lo he ido superando poco a poco.
 
En esta oportunidad, voy a escribir sobre un montón de ideas que han estado merodeando en mis pensamientos y que muchas veces me impidieron actuar y han obstaculizado mis metas: el temor. Sinceramente, a veces me gustaría saber a qué no le temo.

En primer lugar, debo aceptar que le temo al futuro, como también el pasado, pues de las decisiones que haya tomado anteriormente depende lo que seré o dejaré de ser en un futuro. Le temo a no ser lo suficientemente buena en la carrera que elegí para mí. Le temo a esa gruesa barrera invisible que he ido construyendo con los años como mecanismo de defensa, y que cada vez se hace más gruesa. Le temo a la timidez, al pesimismo, a soñar demasiado y perderme de la realidad, y mucho más me atemoriza aterrizar. Le temo a la muerte, a pasar inadvertida, sin dejar un rastro en el camino, a dejar de creer. Les temo a las arañas, a hablar en público y a mi súper-yo, director de mi vida.


Dejando de lado el egoísmo, le temo a que la parcialidad política termine sumiendo a mi país en el vacío, por culpa de esta guerra guiada por el fanatismo. Le temo a que todas nuestras neuronas se quemen, y el poquito de pensamiento crítico que nos queda se extinga y sólo repitamos lo que diga “Mr. TV”, como lo llamaría Eduardo Liendo. (Indiferentemente del color del canal).


Te advierto: posiblemente esta sea la última vez que leerás la palabra “política” en mi Blog.

Pero debo confesar que lo que más me aterra, es que el temor gane la partida y dirija mi vida. Tal vez escribirlo, sea el primer paso para restarle espacio en mis pensamientos, tal vez no, pero es mejor hacerlo que decir: “quise hacerlo, pero el miedo me detuvo”.



¿Demasiada sinceridad? Lo siento, este es mi blog…


domingo, 29 de agosto de 2010

Por eso te odio...



       
          Jueves, 12:25 del mediodía. Allí estabas como siempre, en el mismo cafetín donde te vi por primera vez, ese que visitas cada jueves al salir de clases. Leías con mucho esmero un voluminoso libro, cuyo nombre no logré distinguir, mientras saboreabas una taza de café. Usabas una camisa blanca, jeans rotos y unos zapatos Converse ☆ clásicos desgastados; tu cabello estaba alborotado, como de costumbre. El sol resplandeciente te servía de reflector, pues me advirtió de tu presencia mientras iluminaba tu silueta, aquella silueta exótica que tanto aborrecía.



           Lo único que transcurría por mis pensamientos en ese momento era todo lo que odiaba y aún odio de ti: odio tu mirada firme y dominante, siempre dirigida hacia el frente, odio tu apresurado caminar, odio tu aura de intelectual. Odio tus mejillas, siempre ruborizadas. Odio tu sonrisa perfecta y radiante. Odio tu extraña belleza, tus ojos color café, que brillan desde lejos. Odio tus anteojos de montura negra, tus pantalones rasgados, tus zapatos desgastados, tu cabello alborotado y el diminuto tatuaje de átomo que llevas en la espalda, que te hacen romper cualquier molde. Odio cuando pasas junto a mí, en silencio, sin mirar a los lados. Y sobre todo, me odio a mí, por nunca haberte hablado.


jueves, 19 de agosto de 2010

Me reiré...



La última vez que puse en orden mi habitación, encontré en una de las gavetas un par de historias que, según mis esperanzados pensamientos, estaban listas para convertirse en exitosas obras de teatro. No recuerdo en qué año las escribí, creo que estaba en 7mo grado. Apenas comencé a leerlas, me causaron mucha gracia. Me transporté en un santiamén al momento en que decidí darles vida a aquellos personajes de papel y pensaba que eran mis mejores trabajos. Recuerdo que lo escribí sólo por pasatiempo. La trama estaba medianamente bien, pero cometí uno que otro error ortográfico y de redacción. A pesar de todo, es lindo encontrar cosas escritas por nosotros en años anteriores, eso nos da la oportunidad de reconocer nuestras habilidades y fallas; como también de trasladarnos en el tiempo; sonreír, llorar y recordar vivencias pasadas.

Así como me pasa ahora, sé que dentro de unos años, cuando tenga oportunidad de ver mis viejas publicaciones (que por el momento son nuevas), me reiré, me auto-corregiré, diré: “no, esto no va aquí”; recapacitaré: ¿en qué rayos estaba pensando cuando escribí eso? Tal vez estaré orgullosa de algunas de ellas (eso espero).

Esa es una de las tantas razones por las que me gusta tener mi propio espacio para escribir; siento que es una escuela donde yo soy la alumna y también la profesora, y lo que más me agrada, es que mis seres queridos desempeñan, ocasionalmente, el rol de maestros, pues las críticas constructivas también nos ayudan a ser mejores.

Hace poco leí que “la única forma de aprender a nadar, es nadando”. Por lo tanto, la única forma de aprender a escribir es escribiendo. Por el momento, seguiré redactando todo lo que se me ocurra; sé que en el futuro me hará reír, pero también me concederá experiencia. ¡Gracias a todos lo que me han acompañado y me acompañarán en este recorrido!

sábado, 14 de agosto de 2010

¿No es la canción más linda que has escuchado en tu vida?

Esta canción la escucho todos los días, creo que tú también (quieras o no). No la colocaré completa, sólo escribiré las frases más lindas... Sé que te llegarán al corazón, igual que a mí. Ahí te va:




Yo tengo una gata que le gusta el castigo... Ella se vuelve loca cuando le meto agresivo... Cuando la cojo por el pelo la pego por la pared y le digo… Que la voy a mandar pa’ intensivos....



Lindo ¿no? Sigamos...


Le fascina que en la cama la machuque con el bate... Le gusta que la maltraten y en soga la empape....Que la amarre y la desbarate… Le encanta que me ponga como un animal, que le tape los ojos y la comience a torturar


¡Claro! ¿a quién no le gusta que la traten así?


Solos en mi sala con el juguete, hago que se encaje con un perreo salvaje.


¡Qué bello! ¿Verdad?


Me encanta cuando ella se lo babea y se lo ... como si fuera jalea. Dos piernas pa’ arriba y encima y de ladito yo dándote feel.... Hey, hey ma’ yo te rompo toda. Sabes que tú eres mi súper campeona....

Ya pues, STOP....

Sí, estoy segura de que esto NO era lo que esperabas leer de mí, pero llegó el punto en que ya no puedo soportarlo más. Cada vez que salgo de mi casa, esa es una de las primeras canciones que tengo que escuchar; como estoy consciente de que no ganaría absolutamente nada al armar un “berrinche” como doña en la calle, entonces utilizo mi blog para expresarme, es lo único que me queda.


La sociedad está en constante cambio, es cierto, las normativas se van flexibilizando, y al parecer el pudor y la mesura están perdiendo su significado (¡Uy, qué doña soy!). Mi reprobación va más allá de que se evoque a la sexualidad (¡Oh, tabú!) Lo que no tolero es la manera en que se hace. Desde mi punto de vista, este tipo de canciones no dejan ningún legado positivo. ¿Qué podemos aprender de eso?: ¿que la violencia es sexy?, ¿que el maltrato está de moda?


En fin, no tengo planeado extenderme más porque considero que las frases previas lo dicen todo. Esta molestia va más allá del género; no es por el reggaeton, no, (así que no te sorprendas si me ves escuchando Rakim y Ken-Y o algo así) el problema está en el contenido. Antes de bailarlo y corearlo, piensa bien en el mensaje que te están transmitiendo. Por favor, demuestra que no estamos en una sociedad de brutos, ciegos, sordos y mudos.
¡Esa es la actitud!



miércoles, 11 de agosto de 2010

Te lo dije, Maite, te lo dije...




Camino a diario por este largo pasillo cuyas paredes níveas están permanentemente vestidas de gala: los cuadros son los ornamentos que engalanan su blanquecina apariencia, para el deleite del público sediento de arte.

Colores, luces, texturas, sentimientos, sensaciones y abstracciones colman el lugar... Piezas vienen, piezas van, pero "Maite"… "Maite" es especial; abstracta, indefinida, extravagante y a la vez sencilla: única. Intentaré reproducir la reacción que mi querida “Maite” genera en el público de la manera más fidedigna que me sea posible: los espectadores entran a la galería, echan un vistazo a su alrededor y se acercan a ella, se detienen por 1, 2, 3, 4, 5…10…15 segundos… Resaltan las líneas de expresión facial: las cejas se unen, el ceño se frunce y siguen su camino hacia las próximas piezas; vistosas, coloridas, seductoras y de menor de complejidad. Una sonrisa placentera se posa en sus labios y se marchan de la galería acompañados de algún diseño simple, pero atrayente ; mientras “Maite” sigue allí, inmóvil:
su complejidad fue su condena.

Desde hace unos meses he notado la recurrente presencia de ese joven, veinteañero, de piel canela, cabello largo y negro azabache, exóticamente ondulado y recogido por una cola. Viene todos los martes por la tarde y explora el ornamentado pasillo de una esquina a la otra con su pausado y desorientado caminar y sus aires de intelectual.

—¿En qué puedo ayudarle? —le dije.
—Gracias, sólo estoy mirando —me contestó con una cordial sonrisa.


Así era, y no sólo miraba… examinaba, indagaba, y degustaba las obras una por una, como un experimentado catador, en búsqueda de un sorbo de glorioso vino. Recorría el lugar, quizá por el simple placer de observar, quizá por no haber hallado aún lo que buscaba. Al parecer, el examinador no había encontrado su pieza ideal, su vino perfecto.

Recuerdo que en sus primeras visitas, al igual que los demás espectadores, ese chico observaba a "Maite" por unos 15 segundos y luego se dirigía con expresión de confusión a mirar las piezas vecinas. Pasados los días, los segundos se duplicaban. Con los meses, los minutos dedicados a ella se iban prolongando poco a poco.

Así pasaron las semanas y el chico de cabello largo regresaba cada martes a esta galería, solamente con la intención de observar…

—¿En qué puedo ayudarle, joven? —le dije, esperando la acostumbrada respuesta.
—La quiero…

Unos minutos más tarde, salió por esa puerta con su andar errante, una sonrisa gloriosa en el rostro y Maite en sus brazos. Al fin encontró su vino perfecto y había pasado muchas veces frente a él, pero fue degustando poco a poco su sabor, explorándolo, conociéndolo un poco más cada martes.

¿Viste, Maite? Te dije que con el tiempo alguien lograría comprenderte, como lo mereces…
murmuré, con esa vacilación entre alegría y pesar, mientras ella se alejaba, para siempre…

domingo, 8 de agosto de 2010

Los malos son los demás...


Esta mañana, en la parada de autobuses del cálido pueblo de Chuspa, se sentó a mi lado un señor de unos 68 años de edad; llevaba un sombrero crema, camisa beige, pantalones de poliéster gris oscuro y unos anteojos de color bronce. Era un don de esos a que van repartiendo consejos a los jóvenes para que hagan bien, sin mirar a quién, ustedes saben de lo que hablo...

El veterano comentaba que Chuspa era uno de los mejores pueblos del estado Vargas, que allí la gente era muy humilde, atenta y honesta; a diferencia del pueblo donde él vive (casualmente, es el mismo en el que yo vivo, pero eso lo descubrimos más adelante). Comentaba que en nuestro pueblo “no hay nada”, no hay cultura y la gente es muy egoísta e individualista, cada quien busca su propio beneficio.

El señor comenzó a hacerme preguntas, como si se tratara de una entrevista de trabajo, y se sorprendió al saber que no sólo coincidimos en que ambos vivimos en el mismo pueblo, sino que él también fue afortunado en cruzar diariamente los pasillos de la grandiosa Universidad Central de Venezuela. Luego de unos minutos de conversar, el abuelo me aconsejó, que cuando me graduara, no me quedara aquí, que buscara otro rumbo y saliera de mi pueblo porque no hay nada que hacer por él; ¿acaso eso no es ser egoísta?

Los malos son los demás. Siempre oímos frases como: “es que la gente no sabe valorar lo que tiene”, "la gente es muy egoísta", “por eso es que hay que cuidarse de la gente”, “¡qué va! Los amigos no existen.”, “el mundo está lleno de gente mala, ¿sabe?” Y pare de contar… Pero, después de todo, ¿quién es esa gente?
NOSOTROS.

Todos tenemos un lado bueno y uno… “no tan bueno”; todos tenemos defectos y cometemos errores, pero el peor error es no aceptar que tenemos fallas, porque si no nos damos cuenta, ¿cómo cambiaremos? ¿Cómo echamos pa’ lante?

A través de los tiempos, nos hemos encargado de reproducir el juego de echarle la culpa a otros de todos nuestros infortunios. Y esto no sólo lo vemos y oímos en conversaciones cotidianas, sino también en la historia, en la política, en la economía, en todos lados. Créanme, si cada uno de nosotros comenzara por aceptar sus errores, e intentara corregirlos, el mundo sería un lugar mejor
(No podía falta una frase rosa, lo siento). ¡Pero, qué va! Los malos son los demás, ¿y nosotros? ¡Somos, perfectos, por supuesto!