“Aprender a desaprender no es contradicción, es enmendarse.” Cultura Profética.
martes, 31 de agosto de 2010
Temer es de humanos
domingo, 29 de agosto de 2010
Por eso te odio...
Jueves, 12:25 del mediodía. Allí estabas como siempre, en el mismo cafetín donde te vi por primera vez, ese que visitas cada jueves al salir de clases. Leías con mucho esmero un voluminoso libro, cuyo nombre no logré distinguir, mientras saboreabas una taza de café. Usabas una camisa blanca, jeans rotos y unos zapatos Converse ☆ clásicos desgastados; tu cabello estaba alborotado, como de costumbre. El sol resplandeciente te servía de reflector, pues me advirtió de tu presencia mientras iluminaba tu silueta, aquella silueta exótica que tanto aborrecía.
Lo único que transcurría por mis pensamientos en ese momento era todo lo que odiaba y aún odio de ti: odio tu mirada firme y dominante, siempre dirigida hacia el frente, odio tu apresurado caminar, odio tu aura de intelectual. Odio tus mejillas, siempre ruborizadas. Odio tu sonrisa perfecta y radiante. Odio tu extraña belleza, tus ojos color café, que brillan desde lejos. Odio tus anteojos de montura negra, tus pantalones rasgados, tus zapatos desgastados, tu cabello alborotado y el diminuto tatuaje de átomo que llevas en la espalda, que te hacen romper cualquier molde. Odio cuando pasas junto a mí, en silencio, sin mirar a los lados. Y sobre todo, me odio a mí, por nunca haberte hablado.
jueves, 19 de agosto de 2010
Me reiré...

Así como me pasa ahora, sé que dentro de unos años, cuando tenga oportunidad de ver mis viejas publicaciones (que por el momento son nuevas), me reiré, me auto-corregiré, diré: “no, esto no va aquí”; recapacitaré: ¿en qué rayos estaba pensando cuando escribí eso? Tal vez estaré orgullosa de algunas de ellas (eso espero).
Esa es una de las tantas razones por las que me gusta tener mi propio espacio para escribir; siento que es una escuela donde yo soy la alumna y también la profesora, y lo que más me agrada, es que mis seres queridos desempeñan, ocasionalmente, el rol de maestros, pues las críticas constructivas también nos ayudan a ser mejores.
Hace poco leí que “la única forma de aprender a nadar, es nadando”. Por lo tanto, la única forma de aprender a escribir es escribiendo. Por el momento, seguiré redactando todo lo que se me ocurra; sé que en el futuro me hará reír, pero también me concederá experiencia. ¡Gracias a todos lo que me han acompañado y me acompañarán en este recorrido!
sábado, 14 de agosto de 2010
¿No es la canción más linda que has escuchado en tu vida?
Yo tengo una gata que le gusta el castigo... Ella se vuelve loca cuando le meto agresivo... Cuando la cojo por el pelo la pego por la pared y le digo… Que la voy a mandar pa’ intensivos....
Lindo ¿no? Sigamos...
Le fascina que en la cama la machuque con el bate... Le gusta que la maltraten y en soga la empape....Que la amarre y la desbarate… Le encanta que me ponga como un animal, que le tape los ojos y la comience a torturar
¡Claro! ¿a quién no le gusta que la traten así?
Solos en mi sala con el juguete, hago que se encaje con un perreo salvaje.
¡Qué bello! ¿Verdad?
Me encanta cuando ella se lo babea y se lo ... como si fuera jalea. Dos piernas pa’ arriba y encima y de ladito yo dándote feel.... Hey, hey ma’ yo te rompo toda. Sabes que tú eres mi súper campeona....
Ya pues, STOP....
La sociedad está en constante cambio, es cierto, las normativas se van flexibilizando, y al parecer el pudor y la mesura están perdiendo su significado (¡Uy, qué doña soy!). Mi reprobación va más allá de que se evoque a la sexualidad (¡Oh, tabú!) Lo que no tolero es la manera en que se hace. Desde mi punto de vista, este tipo de canciones no dejan ningún legado positivo. ¿Qué podemos aprender de eso?: ¿que la violencia es sexy?, ¿que el maltrato está de moda?
En fin, no tengo planeado extenderme más porque considero que las frases previas lo dicen todo. Esta molestia va más allá del género; no es por el reggaeton, no, (así que no te sorprendas si me ves escuchando Rakim y Ken-Y o algo así) el problema está en el contenido. Antes de bailarlo y corearlo, piensa bien en el mensaje que te están transmitiendo. Por favor, demuestra que no estamos en una sociedad de brutos, ciegos, sordos y mudos.
¡Esa es la actitud!
miércoles, 11 de agosto de 2010
Te lo dije, Maite, te lo dije...

Colores, luces, texturas, sentimientos, sensaciones y abstracciones colman el lugar... Piezas vienen, piezas van, pero "Maite"… "Maite" es especial; abstracta, indefinida, extravagante y a la vez sencilla: única. Intentaré reproducir la reacción que mi querida “Maite” genera en el público de la manera más fidedigna que me sea posible: los espectadores entran a la galería, echan un vistazo a su alrededor y se acercan a ella, se detienen por 1, 2, 3, 4, 5…10…15 segundos… Resaltan las líneas de expresión facial: las cejas se unen, el ceño se frunce y siguen su camino hacia las próximas piezas; vistosas, coloridas, seductoras y de menor de complejidad. Una sonrisa placentera se posa en sus labios y se marchan de la galería acompañados de algún diseño simple, pero atrayente ; mientras “Maite” sigue allí, inmóvil: su complejidad fue su condena.
Desde hace unos meses he notado la recurrente presencia de ese joven, veinteañero, de piel canela, cabello largo y negro azabache, exóticamente ondulado y recogido por una cola. Viene todos los martes por la tarde y explora el ornamentado pasillo de una esquina a la otra con su pausado y desorientado caminar y sus aires de intelectual.
—¿En qué puedo ayudarle? —le dije.
—Gracias, sólo estoy mirando —me contestó con una cordial sonrisa.
Recuerdo que en sus primeras visitas, al igual que los demás espectadores, ese chico observaba a "Maite" por unos 15 segundos y luego se dirigía con expresión de confusión a mirar las piezas vecinas. Pasados los días, los segundos se duplicaban. Con los meses, los minutos dedicados a ella se iban prolongando poco a poco.
Así pasaron las semanas y el chico de cabello largo regresaba cada martes a esta galería, solamente con la intención de observar…
—¿En qué puedo ayudarle, joven? —le dije, esperando la acostumbrada respuesta.
—La quiero…
Unos minutos más tarde, salió por esa puerta con su andar errante, una sonrisa gloriosa en el rostro y Maite en sus brazos. Al fin encontró su vino perfecto y había pasado muchas veces frente a él, pero fue degustando poco a poco su sabor, explorándolo, conociéndolo un poco más cada martes.
¿Viste, Maite? Te dije que con el tiempo alguien lograría comprenderte, como lo mereces… —murmuré, con esa vacilación entre alegría y pesar, mientras ella se alejaba, para siempre…
domingo, 8 de agosto de 2010
Los malos son los demás...

El veterano comentaba que Chuspa era uno de los mejores pueblos del estado Vargas, que allí la gente era muy humilde, atenta y honesta; a diferencia del pueblo donde él vive (casualmente, es el mismo en el que yo vivo, pero eso lo descubrimos más adelante). Comentaba que en nuestro pueblo “no hay nada”, no hay cultura y la gente es muy egoísta e individualista, cada quien busca su propio beneficio.
El señor comenzó a hacerme preguntas, como si se tratara de una entrevista de trabajo, y se sorprendió al saber que no sólo coincidimos en que ambos vivimos en el mismo pueblo, sino que él también fue afortunado en cruzar diariamente los pasillos de la grandiosa Universidad Central de Venezuela. Luego de unos minutos de conversar, el abuelo me aconsejó, que cuando me graduara, no me quedara aquí, que buscara otro rumbo y saliera de mi pueblo porque no hay nada que hacer por él; ¿acaso eso no es ser egoísta?
Los malos son los demás. Siempre oímos frases como: “es que la gente no sabe valorar lo que tiene”, "la gente es muy egoísta", “por eso es que hay que cuidarse de la gente”, “¡qué va! Los amigos no existen.”, “el mundo está lleno de gente mala, ¿sabe?” Y pare de contar… Pero, después de todo, ¿quién es esa gente? NOSOTROS.
Todos tenemos un lado bueno y uno… “no tan bueno”; todos tenemos defectos y cometemos errores, pero el peor error es no aceptar que tenemos fallas, porque si no nos damos cuenta, ¿cómo cambiaremos? ¿Cómo echamos pa’ lante?
A través de los tiempos, nos hemos encargado de reproducir el juego de echarle la culpa a otros de todos nuestros infortunios. Y esto no sólo lo vemos y oímos en conversaciones cotidianas, sino también en la historia, en la política, en la economía, en todos lados. Créanme, si cada uno de nosotros comenzara por aceptar sus errores, e intentara corregirlos, el mundo sería un lugar mejor (No podía falta una frase rosa, lo siento). ¡Pero, qué va! Los malos son los demás, ¿y nosotros? ¡Somos, perfectos, por supuesto!

