jueves, 28 de marzo de 2013

Una disculpa tardía



“No trata de evitar el dolor, porque el dolor es inevitable;
se trata de escoger las consecuencias”.
Maurice Maeterlinck

Discúlpame por huir, por negarme a verte cuando pude. Prefiero recordarte despistado, feliz, buena gente y confiado. Prefiero recordar tu voz mientras cantabas “Roxanne” con tu inglés particular, cuando me llamabas con unos tragos de más para decirme que estabas ahí, cuando te emocionabas por mis logros. Prefiero recordarte vivo, no en una caja sombría, con ojos cerrados y manos atadas, sin poder luchar.

Discúlpame por la ropa colorida y las lágrimas guardadas. Discúlpame por la música, pero, sin ella ¿quién soportaría esta ruido? Si algo he aprendido es que, si no puedo cambiar el pasado, sólo queda seguir, avanzar y ser fuerte por ti,  por mí, por los que quiero. 

Discúlpame por no escuchar a quien repite con insistencia la importancia de dejar salir el dolor vestido de lágrimas. Entre llorar y escribir, mi elección es obvia. Cada quien tiene su forma de drenar.

Discúlpame por la distancia; yo perdonaré la tuya. Discúlpame por los “te quiero” ausentes, por los mensajes nunca escritos y llamadas no hechas. Y, sobre todo, discúlpame por escribirte cuando ya no puedes leer. “Más vale tarde que nunca”, dicen. Y yo lamento que sea tarde.


Yo  siempre pensé que escribirle a quien no puede leer no tenía sentido. Hay muchas cosas que no lo tienen, ¿qué importa?