La madrugada vino a visitarme. Tocó insistentemente a mi puerta por más de un minuto. Y sólo deseé esconderme, hacerle creer que dormía, pero no pude engañarla. La dejé pasar.
Le ofrecí café, charlamos un buen rato y escuchamos discos viejos durante horas. Hablamos sobre el pasado, la vida, la muerte, las preguntas sin respuestas, la injusticia, la música, los caprichos, las desilusiones, los fugaces suspiros de alegría que se desvanecen en la nada. Hablamos de ti.
Miramos viejas fotografías, leímos poemas, cuentos, novelas. Escribimos frases absurdas que nadie más entendería. Discutimos sobre la locura, la soledad escondida entre la multitud, las oportunidades perdidas, el odio reprimido, las palabras nunca dichas, los sueños fallidos, cumplidos y por cumplir. Nos reímos de los viejos anhelos y desaciertos. Nos reímos de ti. De mí.
6:00 de la mañana. Se acabó el café. Ella prometió volver pronto y se marchó deprisa, huyendo de los irritantes rayos del sol. Yo me quedé sin una pizca de sueño, con un agridulce sabor de boca y un peso menos en el pecho.
