lunes, 7 de febrero de 2011

Nada importante


Podría jurar que vi mi rostro implorando socorro en el interior de aquella inmensa caja de vidrio. Pero no había motivos para arruinar la noche; después de todo, no fue nada importante

Las elegantes lámparas de cristal brindaban una luz tenue. El suelo vestía el más fino y radiante porcelanato color champagne. Las butacas, envueltas por un ostentoso cuero blanco, capturaron mi atención por su base alta, forma semi-circular y estilo moderno. La decoración del techado hacía juego con los delicados manteles de seda color vinotinto. La imagen de los chefs y de los camareros era impecable; la de los comensales, muy refinada.

Desde hacía muchísimo tiempo había deseado visitar aquel restaurante. Esa noche, sin pensarlo dos veces, decidí llevar a mi esposa a pasar una noche distinta. Debo confesar que me sentí un poco intimidado por el lujo me rodeaba; se escuchaba y se respiraba elegancia por doquier.

Mis ojos recorrieron el local una y otra vez: las lámparas, las cortinas, las sillas, los manteles, las mesas, el suelo, las paredes, los elegantes comensales, el enorme acuario. Sí, cómo no recordar ése acuario…

Aquella iluminada y titánica caja de cristal servía de hogar a una manada de crustáceos. En promedio, había unos veinticinco. Las langostas rojizas se atropellaban unas con otras: sus antenas chocaban, se golpeaban con sus numerosas patas y largas colas. Al sentir la cercanía de la presencia humana, sus ojos ennegrecidos se hacían más protuberantes. Aquella escena me envolvió por completo.

Mi semblante palideció, una bocanada de calor inundó mi pecho y mi respiración se agitó al intuir la llegada del mesero. Me faltaba el aire, mis ojos se salieron de órbita, y por más que intenté moverme, mi cuerpo no obedecía. Me oprimió un miedo avasallador, un miedo que nunca antes había experimentado; un temor fusionado con ganas de huir. El peligro se acercaba cada vez más, y no había forma de escapar de él. Sin más, sentí un profundo dolor en el pecho que se extinguió en tan sólo un segundo.


En ese momento el mesero se dirigió a nosotros. Sentí que había regresado de un largo e incómodo viaje. Tomé un sorbo de agua, respiré profundamente y me reincorporé a la velada. Nada debía arruinar el momento.

—Buenas noches, bienvenidos. ¿Qué desean ordenar? —dijo el mesero, cortésmente.

—Quiero una langosta gratinada, por favor —contestó mi esposa, con una amplia sonrisa y una elegancia que nunca había antes había percibido en ella.

—Y al señor, ¿qué le apetece? —preguntó el mesero.

—Quiero lo mismo —contesté.

—Muy bien. En unos minutos traeré su cena.


El mesero le ordenó a un asistente que extrajera del acuario nuestra futura cena. Cuando éste se acercó a la pecera, experimenté nuevamente la extraña sensación que me había atrapado unos minutos antes. Podría jurar que vi mi rostro implorando socorro en el interior de aquella inmensa caja de vidrio. Pero no había motivos para arruinar la noche; después de todo, no fue nada importante

jueves, 3 de febrero de 2011

Contra la corriente




No está de menos alardear
   que fui muriendo cuando lo intentaba
Tomates Fritos





—¿Qué hago yo aquí?, sobre esto escribirán hoy —indicó el profesor. Así comenzó la batalla interna.

Si hay alguna interrogante que asalta mi mente en todo momento es “¿qué hago aquí?”, y siempre es la misma respuesta: “no lo sé”. Pude escuchar muchas voces en mi cerebro, todas ansiosas por responderme la pregunta del millón; pero se atropellaban unas con otras, se contradecían, hablaban al mismo tiempo. No pude entenderlas, y aquí estoy, en el mismo lugar donde comenzó la batalla de ideas.

Saqué mis audífonos, sólo quería escuchar el sonido de la música. Es mi método infalible para hacer callar a mis inquietas ideas en su esfuerzo contraproducente por ayudarme.

“Nadaré hasta llegar, y si muero en el intento sabrás que al menos lo quise intentar, no está de menos alardear que fui muriendo cuando lo intentaba”, objeta mi sabio reproductor de música, en mi intento desesperado por contestar la gran pregunta.

Volví al punto inicial: “¿qué hago aquí?”. Si algo puedo asegurar es que nadar contra la corriente está en mis genes, es mi motor de acción. Es como una fiera indomable que dirige mis movimientos y que, sin pedir permiso, me arrastró hasta este lugar, no sé cómo ni por qué.

Llegué aquí persiguiendo un sueño que cada vez se hace más borroso y difuso. Llegué aquí buscando una musa que juega a esconderse de mí. Llegué aquí cargando un pesado morral lleno de dudas, del cuál no he podido desprenderme. Llegué aquí como fugitiva del silencio y la timidez que siempre me han perseguido; sabiendo que fácilmente podría morir en el camino. Llegué aquí como un arriesgado nadador que se sumergió en profundas corrientes  sin saber nadar, pero que aún no pierde la esperanza de aprender. Llegué aquí, con el anhelo agridulce de no morir en el intento.