Las elegantes lámparas de cristal brindaban una luz tenue. El suelo vestía el más fino y radiante porcelanato color champagne. Las butacas, envueltas por un ostentoso cuero blanco, capturaron mi atención por su base alta, forma semi-circular y estilo moderno. La decoración del techado hacía juego con los delicados manteles de seda color vinotinto. La imagen de los chefs y de los camareros era impecable; la de los comensales, muy refinada.
Desde hacía muchísimo tiempo había deseado visitar aquel restaurante. Esa noche, sin pensarlo dos veces, decidí llevar a mi esposa a pasar una noche distinta. Debo confesar que me sentí un poco intimidado por el lujo me rodeaba; se escuchaba y se respiraba elegancia por doquier.
Mis ojos recorrieron el local una y otra vez: las lámparas, las cortinas, las sillas, los manteles, las mesas, el suelo, las paredes, los elegantes comensales, el enorme acuario. Sí, cómo no recordar ése acuario…
Aquella iluminada y titánica caja de cristal servía de hogar a una manada de crustáceos. En promedio, había unos veinticinco. Las langostas rojizas se atropellaban unas con otras: sus antenas chocaban, se golpeaban con sus numerosas patas y largas colas. Al sentir la cercanía de la presencia humana, sus ojos ennegrecidos se hacían más protuberantes. Aquella escena me envolvió por completo.
Mi semblante palideció, una bocanada de calor inundó mi pecho y mi respiración se agitó al intuir la llegada del mesero. Me faltaba el aire, mis ojos se salieron de órbita, y por más que intenté moverme, mi cuerpo no obedecía. Me oprimió un miedo avasallador, un miedo que nunca antes había experimentado; un temor fusionado con ganas de huir. El peligro se acercaba cada vez más, y no había forma de escapar de él. Sin más, sentí un profundo dolor en el pecho que se extinguió en tan sólo un segundo.
En ese momento el mesero se dirigió a nosotros. Sentí que había regresado de un largo e incómodo viaje. Tomé un sorbo de agua, respiré profundamente y me reincorporé a la velada. Nada debía arruinar el momento.
—Buenas noches, bienvenidos. ¿Qué desean ordenar? —dijo el mesero, cortésmente.
—Quiero una langosta gratinada, por favor —contestó mi esposa, con una amplia sonrisa y una elegancia que nunca había antes había percibido en ella.
—Y al señor, ¿qué le apetece? —preguntó el mesero.
—Quiero lo mismo —contesté.
—Muy bien. En unos minutos traeré su cena.
El mesero le ordenó a un asistente que extrajera del acuario nuestra futura cena. Cuando éste se acercó a la pecera, experimenté nuevamente la extraña sensación que me había atrapado unos minutos antes. Podría jurar que vi mi rostro implorando socorro en el interior de aquella inmensa caja de vidrio. Pero no había motivos para arruinar la noche; después de todo, no fue nada importante
El mesero le ordenó a un asistente que extrajera del acuario nuestra futura cena. Cuando éste se acercó a la pecera, experimenté nuevamente la extraña sensación que me había atrapado unos minutos antes. Podría jurar que vi mi rostro implorando socorro en el interior de aquella inmensa caja de vidrio. Pero no había motivos para arruinar la noche; después de todo, no fue nada importante

