martes, 27 de diciembre de 2011

No creas que te espero

                                     "Toda muerte es principio de una vida".
                                                                                                                        José Marti.

No sé cómo, cuándo ni dónde, pero sé que algún día vendrás. Arroparás mi cuerpo entre tus manos invisibles, llenas de invierno y me llevarás contigo.

¿A dónde iremos? No sé, ni quiero saberlo. Sella tus labios y guarda el secreto. Prefiero dejarme llevar hacia lo desconocido y descubrir con asombro lo que preparaste para mí

No creas que te espero. No. Pero sé que vendrás. Y que con un frío beso robarás mis suspiros, mis anhelos y pensamientos. Mis palabras y movimientos.


Apagarás, sin clemencia, los latidos de mi corazón. Y poco a poco absorberás cada poro de mi piel hasta llevarte todo. Solo me quedará el silencio y una mortuoria oscuridad.

Podrás tomar todo de mí, no opondré resistencia. Solo te pido que no te lleves mi recuerdo, ni borres las huellas que dejé en la arena.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Epidemia

   
    
    El estridente sonido de la alarma me despertó esa mañana. Me levanté, sobresaltada y estiré mi mano izquierda. ¡Pafff! Como todos los días, se cayó el reloj al suelo. Extendí los brazos y me senté al borde de la cama. Antes de comenzar a arreglarme, levanté el despertador y me di cuenta de que eran las 4:55 am. La alarma había sonado tres veces, pero el sueño profundo en el que estaba inmersa no me dejó escuchar.
  
   Con la mayor rapidez posible, me alisté y tomé un viejo autobús que me transportó a Caracas. Al llegar a la capital corrí hasta la estación de Metro Gato NegroEl sistema subterráneo de trenes estaba colmado de gente, como de costumbre. 

   Ya mi familia me había advertido que me cuidara de la epidemia. Lo decían todos los medios de difusión masiva y se escuchaba en cualquier conversación de esquina. ¡El virus parecía imparable! 

     En algunos de los usuarios se notaban los síntomas de aquella peligrosa epidemia que azotaba a la ciudad: ceños fruncidos, excesiva sudoración, agitación. Muchos hablaban solos y caminaban de un lado a otro. La impaciencia era contagiosa. Un señor se ajustaba la corbata con desesperación mientras giraba la cabeza en todas las direcciones posibles, y la mujer que se encontraba detrás taconeaba inquietamente. Parecía que ya no había salida. Definitivamente, el virus se había apoderado de toda la ciudad. 

      Pasados unos minutos llegó a la fila del tren un chico muy singular: vestía un pantalón de rayas verdes, camisa negra y en su hombro derecho tenía un tatuaje del Yin-Yang. Su cabello era largo y negro; su piel, tan nívea que podía ver cada una de sus venas. El chico sonreía sin razón aparente y sus ojos avellana brillaban como piedras preciosas. Dentro de la multitud era la única persona que parecía tener un motivo para estar feliz.

    “El Metro de Caracas da la hora: son las siete y cinco minutos”, decía la voz del subterráneo. ¡Por fin llegó el primer tren! Aparentemente, no cabía ni un alma, pero ingresé con una sandalia menos y varios rasguños de más. Con dificultad, me coloqué nuevamente el calzado y alcancé un mango para asegurar el equilibrio. A mi alrededor todos se empujaban con rudeza y gruñían. En ese momento, un extraño hormigueo recorrió mi cuerpo: inició por las piernas, siguió por la espalda y llegó hasta la cabeza: los primeros síntomas. Quería gritarle a todos, pero aún no había llegado a la etapa crítica de la enfermedad. 

       Las puertas se abrieron en la solitaria estación de Caño Amarillo y entró al vagón una muchacha morena, delgada, de estatura baja y mirada perdida. Con delicadeza, la joven tocó el hombro de una chica, quien, temerosa, se retiró rápidamente de su lado. En un segundo intento, se acercó a un señor y le mostró un diminuto papel, pero en respuesta él gritó, malhumorado, que no tenía dinero y le advirtió que buscara un trabajo.  Por los gritos de aquel hombre el vagón quedó en silencio. Todas las miradas apuntaban a la chica, los cuchicheos también.

     La joven, ya desesperada y a punto de llorar, se acercó al muchacho sonriente de ojos avellana, quien permanecía a mi lado. Logré distinguir lo que decía el papel: Metro La Bandera. Él comprendió rápidamente lo que ocurría: ella no podía hablar. Con gestos y paciencia el chico le explicó el procedimiento para llegar a la estación. La doncella de labios censurados por la naturaleza le brindó una gran sonrisa en gratitud, él contestó igualmente. 

      Estuve a punto de preguntarle a aquel chico cuál era su receta secreta. Se percibía desde lejos que su organismo estaba colmado de anticuerpos contra esa peligrosa epidemia que arropaba a la ciudad: la irritación. La sonrisa siguió dibujada en su rostro  y nada parecía afectarle. Ser testigo de aquel momento mágico me dio una pizca de esperanza de que esa terrible epidemia no duraría por siempre.


lunes, 5 de septiembre de 2011

¡Un Ladrón!


“Bájate del autobús, bájate. ¡Que te bajes, coño!”, era lo que me dictaba la intuición. Pero, claro, ese día decidí jugar al papel de valiente. No hice caso a esa vocecita dentro de mi cabeza y terminé siendo testigo de un crimen insólito.

Era una típica noche en el centro de Caracas: comerciantes informales por doquier, gritos por aquí, calor por allá, humo, gente irritada y gigantes colas de personas que esperaban impacientes su turno para tomar el transporte público. Sí, yo era una de ellas.

Por fin llegó mi turno para tomar el transporte. Cuando el carro estaba a punto de arrancar ingresó al bus un ladrón. ¿Qué cómo sabía yo que era un ladrón? ¡Su apariencia lo decía todo! El  hombre usaba un pantalón de jean desgastado y muy ajustado a sus piernas; una camiseta blanca vieja;  una gorra percudida y, sobre ella, unas gafas oscuras con borde blanco. Su piel era blanca con un extraño tono amarilloso y sobre su labio superior llevaba un bigote decolorado y una actitud bastante sospechosa. ¿Acaso necesitaba más pruebas de que era un malhechor?

Cuando el carro comenzó a andar, el ladrón miraba hacia todos lados y movía inquietamente su morral. Usaba su celular a cada segundo y continuamente echaba vistazos por las ventanas. “Claro, seguro anda cuadrando con otros ladrones para robarnos a toditos”, pensé.

Una niña comenzó a llorar y el ambiente se volvió aún más tenso. El ladrón fijó su intensa mirada en la pequeña. La niña seguía llorando y el hombre se impacientaba cada vez más, pero no dejaba de mirar a la chiquilla.

Segundos más tardes, el hombre comenzó a hurgar con impaciencia el interior de su bolso. “Hasta aquí llegamos”, me dije. Tal como lo esperaba, el ladrón sacó su arma dorada. Si, era dorada.  Extendió su mano y  apuntó a la niña; la pequeña calló de inmediato. Fue una escena perturbadora, el arma era mucho más poderosa de lo que esperaba.

“Me deja por aquí”, le dijo el ladrón al conductor y se bajó apresurado del bus luego de ejecutar su crimen. La pequeña victima ya no lloraba, permanecía en silencio mientras devoraba alegremente el chocolate que aquel ladrón de sonrisas le había obsequiado.

Después de todo, era un ladrón. Mi intuición no se equivocó.

"¡Triste época la nuestra! Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio".                                                                                                                                                Albert Einstein




viernes, 22 de abril de 2011

Sobre ti

"Un teclado es para mí
la representación más fidedigna de la escritura.
Esa manera de ir hundiendo sonidos, como en un piano
para convertir las ideas en letras y palabras,
me pareció desde el principio
una de las magias más extraodinarias del mundo"
H. Faciolince




A ti, que moldeas mi realidad como escultor a su obra maestra.  
               Por ti nace de mis manos música que se puede leer;
música que no es perfecta, pero es mía.

A ti, intérprete de mis pensamientos, alegrías y pesares.
Que traduces mis escalofríos, descontentos, aspiraciones y miedos.

A ti, que trasformas con tu magia a ese sustito inmortal
que se cobija en mi vientre buscando refugio.
Que liberas de su encierro a las imágenes aisladas en el rinconcito surreal de mi psique.

A ti, que descifras el ruido interior cuando mis labios se rebelan.
Que conviertes el escándalo en melodía.
Que vuelves inteligible a los pensamientos ambiguos.
Que le das vida a mis sueños.

Hoy escribo sobre ti porque eres parte esencial en mi vida.

Escribo sobre ti y para ti, porque sí.


lunes, 7 de febrero de 2011

Nada importante


Podría jurar que vi mi rostro implorando socorro en el interior de aquella inmensa caja de vidrio. Pero no había motivos para arruinar la noche; después de todo, no fue nada importante

Las elegantes lámparas de cristal brindaban una luz tenue. El suelo vestía el más fino y radiante porcelanato color champagne. Las butacas, envueltas por un ostentoso cuero blanco, capturaron mi atención por su base alta, forma semi-circular y estilo moderno. La decoración del techado hacía juego con los delicados manteles de seda color vinotinto. La imagen de los chefs y de los camareros era impecable; la de los comensales, muy refinada.

Desde hacía muchísimo tiempo había deseado visitar aquel restaurante. Esa noche, sin pensarlo dos veces, decidí llevar a mi esposa a pasar una noche distinta. Debo confesar que me sentí un poco intimidado por el lujo me rodeaba; se escuchaba y se respiraba elegancia por doquier.

Mis ojos recorrieron el local una y otra vez: las lámparas, las cortinas, las sillas, los manteles, las mesas, el suelo, las paredes, los elegantes comensales, el enorme acuario. Sí, cómo no recordar ése acuario…

Aquella iluminada y titánica caja de cristal servía de hogar a una manada de crustáceos. En promedio, había unos veinticinco. Las langostas rojizas se atropellaban unas con otras: sus antenas chocaban, se golpeaban con sus numerosas patas y largas colas. Al sentir la cercanía de la presencia humana, sus ojos ennegrecidos se hacían más protuberantes. Aquella escena me envolvió por completo.

Mi semblante palideció, una bocanada de calor inundó mi pecho y mi respiración se agitó al intuir la llegada del mesero. Me faltaba el aire, mis ojos se salieron de órbita, y por más que intenté moverme, mi cuerpo no obedecía. Me oprimió un miedo avasallador, un miedo que nunca antes había experimentado; un temor fusionado con ganas de huir. El peligro se acercaba cada vez más, y no había forma de escapar de él. Sin más, sentí un profundo dolor en el pecho que se extinguió en tan sólo un segundo.


En ese momento el mesero se dirigió a nosotros. Sentí que había regresado de un largo e incómodo viaje. Tomé un sorbo de agua, respiré profundamente y me reincorporé a la velada. Nada debía arruinar el momento.

—Buenas noches, bienvenidos. ¿Qué desean ordenar? —dijo el mesero, cortésmente.

—Quiero una langosta gratinada, por favor —contestó mi esposa, con una amplia sonrisa y una elegancia que nunca había antes había percibido en ella.

—Y al señor, ¿qué le apetece? —preguntó el mesero.

—Quiero lo mismo —contesté.

—Muy bien. En unos minutos traeré su cena.


El mesero le ordenó a un asistente que extrajera del acuario nuestra futura cena. Cuando éste se acercó a la pecera, experimenté nuevamente la extraña sensación que me había atrapado unos minutos antes. Podría jurar que vi mi rostro implorando socorro en el interior de aquella inmensa caja de vidrio. Pero no había motivos para arruinar la noche; después de todo, no fue nada importante

jueves, 3 de febrero de 2011

Contra la corriente




No está de menos alardear
   que fui muriendo cuando lo intentaba
Tomates Fritos





—¿Qué hago yo aquí?, sobre esto escribirán hoy —indicó el profesor. Así comenzó la batalla interna.

Si hay alguna interrogante que asalta mi mente en todo momento es “¿qué hago aquí?”, y siempre es la misma respuesta: “no lo sé”. Pude escuchar muchas voces en mi cerebro, todas ansiosas por responderme la pregunta del millón; pero se atropellaban unas con otras, se contradecían, hablaban al mismo tiempo. No pude entenderlas, y aquí estoy, en el mismo lugar donde comenzó la batalla de ideas.

Saqué mis audífonos, sólo quería escuchar el sonido de la música. Es mi método infalible para hacer callar a mis inquietas ideas en su esfuerzo contraproducente por ayudarme.

“Nadaré hasta llegar, y si muero en el intento sabrás que al menos lo quise intentar, no está de menos alardear que fui muriendo cuando lo intentaba”, objeta mi sabio reproductor de música, en mi intento desesperado por contestar la gran pregunta.

Volví al punto inicial: “¿qué hago aquí?”. Si algo puedo asegurar es que nadar contra la corriente está en mis genes, es mi motor de acción. Es como una fiera indomable que dirige mis movimientos y que, sin pedir permiso, me arrastró hasta este lugar, no sé cómo ni por qué.

Llegué aquí persiguiendo un sueño que cada vez se hace más borroso y difuso. Llegué aquí buscando una musa que juega a esconderse de mí. Llegué aquí cargando un pesado morral lleno de dudas, del cuál no he podido desprenderme. Llegué aquí como fugitiva del silencio y la timidez que siempre me han perseguido; sabiendo que fácilmente podría morir en el camino. Llegué aquí como un arriesgado nadador que se sumergió en profundas corrientes  sin saber nadar, pero que aún no pierde la esperanza de aprender. Llegué aquí, con el anhelo agridulce de no morir en el intento.