El estridente sonido de la alarma me despertó esa mañana. Me levanté, sobresaltada y estiré mi mano izquierda. ¡Pafff! Como todos los días, se cayó el reloj al suelo. Extendí los brazos y me senté al borde de la cama. Antes de comenzar a arreglarme, levanté el despertador y me di cuenta de que eran las 4:55 am. La alarma había sonado tres veces, pero el sueño profundo en el que estaba inmersa no me dejó escuchar.
Con la mayor rapidez posible, me alisté y tomé un viejo autobús que me transportó a Caracas. Al llegar a la capital corrí hasta la estación de Metro Gato Negro. El sistema subterráneo de trenes estaba colmado de gente, como de costumbre.
Ya mi familia me había advertido que me cuidara de la epidemia. Lo decían todos los medios de difusión masiva y se escuchaba en cualquier conversación de esquina. ¡El virus parecía imparable!
En algunos de los usuarios se notaban los síntomas de aquella peligrosa epidemia que azotaba a la ciudad: ceños fruncidos, excesiva sudoración, agitación. Muchos hablaban solos y caminaban de un lado a otro. La impaciencia era contagiosa. Un señor se ajustaba la corbata con desesperación mientras giraba la cabeza en todas las direcciones posibles, y la mujer que se encontraba detrás taconeaba inquietamente. Parecía que ya no había salida. Definitivamente, el virus se había apoderado de toda la ciudad.
Pasados unos minutos llegó a la fila del tren un chico muy singular: vestía un pantalón de rayas verdes, camisa negra y en su hombro derecho tenía un tatuaje del Yin-Yang. Su cabello era largo y negro; su piel, tan nívea que podía ver cada una de sus venas. El chico sonreía sin razón aparente y sus ojos avellana brillaban como piedras preciosas. Dentro de la multitud era la única persona que parecía tener un motivo para estar feliz.
“El Metro de Caracas da la hora: son las siete y cinco minutos”, decía la voz del subterráneo. ¡Por fin llegó el primer tren! Aparentemente, no cabía ni un alma, pero ingresé con una sandalia menos y varios rasguños de más. Con dificultad, me coloqué nuevamente el calzado y alcancé un mango para asegurar el equilibrio. A mi alrededor todos se empujaban con rudeza y gruñían. En ese momento, un extraño hormigueo recorrió mi cuerpo: inició por las piernas, siguió por la espalda y llegó hasta la cabeza: los primeros síntomas. Quería gritarle a todos, pero aún no había llegado a la etapa crítica de la enfermedad.
Las puertas se abrieron en la solitaria estación de Caño Amarillo y entró al vagón una muchacha morena, delgada, de estatura baja y mirada perdida. Con delicadeza, la joven tocó el hombro de una chica, quien, temerosa, se retiró rápidamente de su lado. En un segundo intento, se acercó a un señor y le mostró un diminuto papel, pero en respuesta él gritó, malhumorado, que no tenía dinero y le advirtió que buscara un trabajo. Por los gritos de aquel hombre el vagón quedó en silencio. Todas las miradas apuntaban a la chica, los cuchicheos también.
La joven, ya desesperada y a punto de llorar, se acercó al muchacho sonriente de ojos avellana, quien permanecía a mi lado. Logré distinguir lo que decía el papel: Metro La Bandera . Él comprendió rápidamente lo que ocurría: ella no podía hablar. Con gestos y paciencia el chico le explicó el procedimiento para llegar a la estación. La doncella de labios censurados por la naturaleza le brindó una gran sonrisa en gratitud, él contestó igualmente.
Estuve a punto de preguntarle a aquel chico cuál era su receta secreta. Se percibía desde lejos que su organismo estaba colmado de anticuerpos contra esa peligrosa epidemia que arropaba a la ciudad: la irritación. La sonrisa siguió dibujada en su rostro y nada parecía afectarle. Ser testigo de aquel momento mágico me dio una pizca de esperanza de que esa terrible epidemia no duraría por siempre.
