“Bájate del autobús, bájate. ¡Que te bajes, coño!”, era lo que me dictaba la intuición. Pero, claro, ese día decidí jugar al papel de valiente. No hice caso a esa vocecita dentro de mi cabeza y terminé siendo testigo de un crimen insólito.
Era una típica noche en el centro de Caracas: comerciantes informales por doquier, gritos por aquí, calor por allá, humo, gente irritada y gigantes colas de personas que esperaban impacientes su turno para tomar el transporte público. Sí, yo era una de ellas.
Por fin llegó mi turno para tomar el transporte. Cuando el carro estaba a punto de arrancar ingresó al bus un ladrón. ¿Qué cómo sabía yo que era un ladrón? ¡Su apariencia lo decía todo! El hombre usaba un pantalón de jean desgastado y muy ajustado a sus piernas; una camiseta blanca vieja; una gorra percudida y, sobre ella, unas gafas oscuras con borde blanco. Su piel era blanca con un extraño tono amarilloso y sobre su labio superior llevaba un bigote decolorado y una actitud bastante sospechosa. ¿Acaso necesitaba más pruebas de que era un malhechor?
Cuando el carro comenzó a andar, el ladrón miraba hacia todos lados y movía inquietamente su morral. Usaba su celular a cada segundo y continuamente echaba vistazos por las ventanas. “Claro, seguro anda cuadrando con otros ladrones para robarnos a toditos”, pensé.
Una niña comenzó a llorar y el ambiente se volvió aún más tenso. El ladrón fijó su intensa mirada en la pequeña. La niña seguía llorando y el hombre se impacientaba cada vez más, pero no dejaba de mirar a la chiquilla.
Segundos más tardes, el hombre comenzó a hurgar con impaciencia el interior de su bolso. “Hasta aquí llegamos”, me dije. Tal como lo esperaba, el ladrón sacó su arma dorada. Si, era dorada. Extendió su mano y apuntó a la niña; la pequeña calló de inmediato. Fue una escena perturbadora, el arma era mucho más poderosa de lo que esperaba.
“Me deja por aquí”, le dijo el ladrón al conductor y se bajó apresurado del bus luego de ejecutar su crimen. La pequeña victima ya no lloraba, permanecía en silencio mientras devoraba alegremente el chocolate que aquel ladrón de sonrisas le había obsequiado.
Después de todo, era un ladrón. Mi intuición no se equivocó.
"¡Triste época la nuestra! Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio". Albert Einstein
