Era una noche fría y brillante cuando decidí darte vida. La luna radiante anclada en mi ventana fue testigo de tu creación. La espesa neblina se arremolinaba en los alrededores de mi casa. Un exquisito olor a té de menta impregnaba mi habitación.
Tu imagen comenzó a formarse y deslizarse con suavidad por cada rincón de mi cerebro. Te posaste en mi sistema límbico y tocaste mis emociones. En un rápido recorrido llegaste hasta mis dedos, que en complicidad con el grafito te dieron forma y libertad; pero tú querías más.
Sin piedad, mi espíritu represor te encarceló dentro de cuatro paredes de madera llenas de viejos escritos por un tiempo indefinido.
A los pocos días decidí buscarte. Sabía bien que mi egoísmo había ganado, no merecías estar allí. Conseguí las llaves para darte la independencia que tanto habías deseado. Pero ya era tarde, decidiste alejarte.
Ayer, mientras recorría el largo pasillo lleno rostros, música y libros, te encontré. Llevabas en tus manos una obra de Simmel y otra de Sartre. Avistaste, con sorpresa, mi presencia. Tus minúsculos ojos de ébano se posaron en los míos por diez segundos infinitos. Una sonrisa tímida se dibujó en tu rostro; tus pies daban indecisos pasos hacia mí. Sentí frío, mucho frío y un enorme hoyo en el abdomen. Bajé la mirada y tomé otra dirección. Huí, literalmente.
Por no admitir mi cobardía decidí hacerme creer que nuestro encuentro nunca se dio, que fue una mala jugada de mi imaginación. Te dejé el camino libre, sin negociación. Después de todo, tú querías libertad.